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La verdad es que esta no es la historia de un plato perfecto, es la historia de la evolución de un plato en mi cocina, casi una obsesión por encontrar una rosquilla perfecta. Todo empezó cuando yo tendría unos 10 años y estaba en casa con una vecina. Mi madre nos llamó y nos dijo que teníamos que ayudarla a hacer rosquillas. Nos pusimos manos a la obra y disfrutamos muchísimo y a partir de ese día me enamoré de las masas, de su tacto, de la sensación de amasado, de empezar algo desde cero y formar algo maravilloso entre mis manos. Luego el resultado final no fue tan bueno, el sabor sí, pero la consistencia no, cuando pasaban un rato las rosquillas se endurecían, jajaja, y yo siempre le pedía a mi madre que las hiciéramos de nuevo, pero ella ya no quería. Me tocó aguantarme hasta que tomé el control en mi casa y mi cocina, y muchos años después seguía esa idea en mi cabeza, necesitaba comer una rosquilla con mucho sabor a anís, tierna, esponjosa y nada grasienta. Y un día empecé a investigar, a inventar mi propia receta y lo conseguí!!!! Fue algo mágico, por fin tenía entre mis dientes la "rosquilla soñada". Mucho sabor a anís, tierna , dulce y delicada, y claro el rumor se extendió entre la familia... Os preguntaréis el nombre, Antoñetas, pues se lo puse porque fue el último postre que le llevé a mi abuela Antonia, por su cumpleaños, en febrero de 2015, en mayo de este mismo año murió. Ella me había pedido rosquillas y se las llevé, con todo mi cariño. Por eso cada vez que veo o como una rosquilla me acuerdo de ella y por eso este escrito se lo dedico a ella, porque en unos días se cumple un año de su muerte. Es mi postre favorito, con un toque agridulce, pero que llevo en mi paladar y en mi corazón.

ROSQUILLAS DE ANÍS (ANTOÑETAS)

Videoreceta
10 Mayo 2016

La verdad es que esta no es la historia de un plato perfecto, es la historia de la evolución de un plato en mi cocina, casi una obsesión por encontrar una rosquilla perfecta. Todo empezó cuando yo tendría unos 10 años y estaba en casa con una vecina. Mi madre nos llamó y nos dijo que teníamos que ayudarla a hacer rosquillas. Nos pusimos manos a la obra y disfrutamos muchísimo y a partir de ese día me enamoré de las masas, de su tacto, de la sensación de amasado, de empezar algo desde cero y formar algo maravilloso entre mis manos. Luego el resultado final no fue tan bueno, el sabor sí, pero la consistencia no, cuando pasaban un rato las rosquillas se endurecían, jajaja, y yo siempre le pedía a mi madre que las hiciéramos de nuevo, pero ella ya no quería. Me tocó aguantarme hasta que tomé el control en mi casa y mi cocina, y muchos años después seguía esa idea en mi cabeza, necesitaba comer una rosquilla con mucho sabor a anís, tierna, esponjosa y nada grasienta. Y un día empecé a investigar, a inventar mi propia receta y lo conseguí!!!! Fue algo mágico, por fin tenía entre mis dientes la "rosquilla soñada". Mucho sabor a anís, tierna , dulce y delicada, y claro el rumor se extendió entre la familia... Os preguntaréis el nombre, Antoñetas, pues se lo puse porque fue el último postre que le llevé a mi abuela Antonia, por su cumpleaños, en febrero de 2015, en mayo de este mismo año murió. Ella me había pedido rosquillas y se las llevé, con todo mi cariño. Por eso cada vez que veo o como una rosquilla me acuerdo de ella y por eso este escrito se lo dedico a ella, porque en unos días se cumple un año de su muerte. Es mi postre favorito, con un toque agridulce, pero que llevo en mi paladar y en mi corazón.