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Hace ya muchos años que mis padres fallecieron. Primero se fué mi padre, yo aún no había cumplido los 17 años. No me pude despedir. Mi madre vivió algunos años mas, aunque los últimos años de su vida sufrió una terrible enfremedad: La demencia senil. Mi madre era una gran cocinera. Era una cocinera de guisote, de comida casera, de sabor. Era una cocinera que comenzaba colocando las ollas sobre los fogones bien temprano para que cuando llegara mi padre de su trabajo en el taxi la comida estuviera a punto y reposada. Aunque ya luzco algunas canas y la memoria nunca ha sido mi fuerte, si recuerdo con bastante claridad aquella cocina económica en donde, esquinadas, descansaban una batería de ollas ocres, rechonchas y voluptuosas. Esas ollas, los olores con los que surtían el hogar y, como no, las viandas que contenían me acompañaron dentro de mi equipaje cuando, con la obligación de continuar mis estudios y de sacar buenas notas, tuve que abandonar el húmedo calorcito bajo ala y volar solo. Cada quince días volvía al nido. Mi madre siempre me veía más delgado en cada regreso. La verdad es que en aquella época mis habilidades culinarias se limitaban a la pasta con tomate frito de bote y atún (por suerte, hoy por hoy, creo haber mejorado algo) y eso se debía de reflejar en mi cuerpo látigo. En cada regreso, La maleta siempre llena de ropa que lavar y planchar, los bolsillos siempre vacíos y el estómago siempre ansioso de recibir los manás de la madre. Mamá se esmeraba. Siempre se esmeró en todo la pobre, (como siempre se han esmerado todas las madres del mundo) con adnegada dedicación, con sumisa decencia, con callada complacencia, con erudita constancia. Uno de esos esmeros que me hacían salibar desde el mismo instante en que mi madre me decía al teléfono : " neno, este sábado "preparote" calamares" ( ah!! Mi madre era asturiana, creo que no lo he escrito.) eran estos " Calamares en su tinta con arroz en blanco". Ahora, ya mayor, casi con su edad de entonces, y lejos de la tierra que me vió crecer, cuando en el mercado veo un buen calamar de potera preparo aquel plato que un día antes de irse me enseñó a cocinar mi madre. Nunca me han salido como a ella.

CALAMARES EN SU TINTA CON ARROZEN BLANCO

Videoreceta
19 Abril 2016

Hace ya muchos años que mis padres fallecieron. Primero se fué mi padre, yo aún no había cumplido los 17 años. No me pude despedir. Mi madre vivió algunos años mas, aunque los últimos años de su vida sufrió una terrible enfremedad: La demencia senil.
Mi madre era una gran cocinera. Era una cocinera de guisote, de comida casera, de sabor. Era una cocinera que comenzaba colocando las ollas sobre los fogones bien temprano para que cuando llegara mi padre de su trabajo en el taxi la comida estuviera a punto y reposada. Aunque ya luzco algunas canas y la memoria nunca ha sido mi fuerte, si recuerdo con bastante claridad aquella cocina económica en donde, esquinadas, descansaban una batería de ollas ocres, rechonchas y voluptuosas.
Esas ollas, los olores con los que surtían el hogar y, como no, las viandas que contenían me acompañaron dentro de mi equipaje cuando, con la obligación de continuar mis estudios y de sacar buenas notas, tuve que abandonar el húmedo calorcito bajo ala y volar solo.
Cada quince días volvía al nido. Mi madre siempre me veía más delgado en cada regreso. La verdad es que en aquella época mis habilidades culinarias se limitaban a la pasta con tomate frito de bote y atún (por suerte, hoy por hoy, creo haber mejorado algo) y eso se debía de reflejar en mi cuerpo látigo. En cada regreso, La maleta siempre llena de ropa que lavar y planchar, los bolsillos siempre vacíos y el estómago siempre ansioso de recibir los manás de la madre.
Mamá se esmeraba. Siempre se esmeró en todo la pobre, (como siempre se han esmerado todas las madres del mundo) con adnegada dedicación, con sumisa decencia, con callada complacencia, con erudita constancia. Uno de esos esmeros que me hacían salibar desde el mismo instante en que mi madre me decía al teléfono : " neno, este sábado "preparote" calamares" ( ah!! Mi madre era asturiana, creo que no lo he escrito.) eran estos " Calamares en su tinta con arroz en blanco". Ahora, ya mayor, casi con su edad de entonces, y lejos de la tierra que me vió crecer, cuando en el mercado veo un buen calamar de potera preparo aquel plato que un día antes de irse me enseñó a cocinar mi madre. Nunca me han salido como a ella.