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​Este año nos invitan a que les digamos cuál es el plato de nuestros sueños, y tras un periodo de meditación puedo decirles que si me pidieran una forma de "ver a Dios" con la comida, diría que como buena Madrileña. los entresijos y gallinejas son una opción, aunque no podría dejar de lado el sabor de las gulas y los champiñones al ajillo, la lubina a la sal, merluza a la gallega, unas verduras a la plancha o, sin tan siquiera encender los fuegos, un buen jamón serrano o un salmón ahumado. Aunque, realmente, si me hacen elegir un último plato con el que llevarme el mejor de los recuerdos, sería una paella de conejo y caracoles, ¿El motivo? Simple es, la paella es ese plato que la mayoría asociamos con reuniones familiares, largas sobremesas con risas, nuevas noticias y viejos recuerdos que jamás dejan de estar "de moda" entre los nuestros, a demás, es con conejo, con ese olor a romero que trae a la memoria momentos en el campo, la vieja casa en el pueblo, las cocinas de leña con abuelas calentando al fuego su amor junto con los ingredientes de cada comida; y los caracoles, por que son la muestra del paso de la madurez (llevado a términos del paladar), el momento en el que nos atrevemos a soltar la mano a nuestro escrupuloso niño interior y probamos esos... asquerosos gusanos de caparazón enroscado y descubrimos que... ¡Nos gustan! (o quizá no, pero lo llegamos a descubrir). A demás, es en cierto modo, el recordatorio de nuestra capacidad como seres racionales (que sabemos serlo, aunque no lo demostremos en muchos momentos clave) capaces de aceptar otras culturas distintas a la nuestra, e incluir sus alimentos entre los nuestros, (como ha sido el caso del arroz) al igual que les abrimos nuestras puertas a sus gentes, por que sabemos que, aunque sea pensándolo egoistamente nos aporta riqueza cultural, del alma, y sin darnos cuenta, nos hace mejores por dentro. Es, supongo demasiado sensitiva toda esta historia, pero así soy yo, pienso que en cada plato, en cada alimento se esconden recuerdos, bien del pasado o bien dispuestos a ocupar parte de nosotros, pero de algún modo nos marcan y nos bordan nuevos matices en nuestra personalidad, y la mía tiene entre los remaches granos de arroz azafranado, caracoles de recuerdos y conejo saltarín.

Arroz con conejo y caracoles

Videoreceta
7 Mayo 2016

​Este año nos invitan a que les digamos cuál es el plato de nuestros sueños, y tras un periodo de meditación puedo decirles que si me pidieran una forma de "ver a Dios" con la comida, diría que como buena Madrileña. los entresijos y gallinejas son una opción, aunque no podría dejar de lado el sabor de las gulas y los champiñones al ajillo, la lubina a la sal, merluza a la gallega, unas verduras a la plancha o, sin tan siquiera encender los fuegos, un buen jamón serrano o un salmón ahumado. Aunque, realmente, si me hacen elegir un último plato con el que llevarme el mejor de los recuerdos, sería una paella de conejo y caracoles,
¿El motivo? Simple es, la paella es ese plato que la mayoría asociamos con reuniones familiares, largas sobremesas con risas, nuevas noticias y viejos recuerdos que jamás dejan de estar "de moda" entre los nuestros, a demás, es con conejo, con ese olor a romero que trae a la memoria momentos en el campo, la vieja casa en el pueblo, las cocinas de leña con abuelas calentando al fuego su amor junto con los ingredientes de cada comida; y los caracoles, por que son la muestra del paso de la madurez (llevado a términos del paladar), el momento en el que nos atrevemos a soltar la mano a nuestro escrupuloso niño interior y probamos esos... asquerosos gusanos de caparazón enroscado y descubrimos que... ¡Nos gustan! (o quizá no, pero lo llegamos a descubrir). A demás, es en cierto modo, el recordatorio de nuestra capacidad como seres racionales (que sabemos serlo, aunque no lo demostremos en muchos momentos clave) capaces de aceptar otras culturas distintas a la nuestra, e incluir sus alimentos entre los nuestros, (como ha sido el caso del arroz) al igual que les abrimos nuestras puertas a sus gentes, por que sabemos que, aunque sea pensándolo egoistamente nos aporta riqueza cultural, del alma, y sin darnos cuenta, nos hace mejores por dentro.

Es, supongo demasiado sensitiva toda esta historia, pero así soy yo, pienso que en cada plato, en cada alimento se esconden recuerdos, bien del pasado o bien dispuestos a ocupar parte de nosotros, pero de algún modo nos marcan y nos bordan nuevos matices en nuestra personalidad, y la mía tiene entre los remaches granos de arroz azafranado, caracoles de recuerdos y conejo saltarín.