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Somos lo que comemos y la manera en que lo hacemos

Aportación
27 Abril 2014
Eva García
Eva García
"Autodidacta desde niña"
Todo apunta a que la significación que tiene para nosotros un alimento determina nuestra aprobación o rechazo. La alimentación es un fenómeno cultural.

 

Algunos especialistas en gastronomía o en nutrición aseguran que Aquello que «nos gusta» o que, por el contrario, «nos parece nauseabundo» no es más que un reflejo de la educación que recibimos. El asco, además de ser una reacción física, es una conducta social. Generalmente en la primera infancia se introduce el sentido de lo 'que es asqueroso para comer' por quien nos nutre con los alimentos y también, con su significación. Así que tal vez el rechazo a nuevos alimentos viene dado en gran parte por la educación. La tendencia natural es comparar los alimentos nuevos con otros ya conocidos.

¿Por qué muchas personas se resisten a probar algunas cosas, aun sabiendo que son sanas y que es posible que tengan buen sabor? La razón que se me ocurre es porque la alimentación es un fenómeno cultural, aquello que es un manjar en un sitio, puede resultar nauseabundo en otro. Los chipirones, las gambas o los caracoles sirven de ejemplo. Estos últimos tienen muchas proteínas y sin embargo a algunos extranjeros les da asco pensar que nosotros los comemos.

 

Somos reacios a probar cosas nuevas especialmente cuando sabemos qué es lo que estamos comiendo, así que parece razonable que el mejor modo de alimentarse con determinadas cosas poco apetecibles, es no hacer demasiadas preguntas, «no saber qué nos estamos llevando a la boca». Un buen ejemplo de esta dinámica son los purés que les damos a los niños en los que lo camuflamos todo, o determinados embutidos, que incluyen en su composición algunos mamíferos que, de por sí no comeríamos, pero que al tener una presentación completamente ajena al rostro animal, son degustados con placer. La mayoría de los comensales no preguntan de qué animal procede una salchicha o un chorizo, se conforman con saber que es barata, que se come y que no sabe mal.

 

En relación a la introducción de nuevos sabores creo que hay además una razón económica que nos podría hacer dudar ante la posibilidad de que eso, en lo que nos gastaremos un dinero extra, no nos guste realmente y se desperdicie. Por ejemplo, si yo voy a comprar pasteles a mi pastelería de confianza y veo uno verdaderamente llamativo pero que me dicen que lleva ingredientes que no he probado nunca y que además no me son sugerentes, es casi seguro que lo rechazaré y prefiera gastarme el dinero en uno más tradicional pero que sé que me voy a comer. Otra cosa muy distinta será que me lo ofrezca un amigo o mi madre o mi tía, no perderé seguramente la oportunidad de probarlo al menos, luego ya decidiré si me gasto mi dinero en la pastelería.

 

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