Newsletters
SUSCRÍBETE A LA NEWSLETTER
Entrar

Una de vaqueros

de María Luisa Serrano
Nueva receta
15 Julio 2014

El vaquero cogió su pistola, montó su caballo y se dispuso a marchar, no había vuelta atrás. Al colocarse su sombrero negro de cuero, lo inclinó hacia delante y se despidió de ellos. Aunque no estaban todos, pues faltaba la que él más quería, les despedía con su mirada seria y segura. Sus ojos negros se clavaron con desafío y cariño en cada uno de los allí presentes. Ellos lo miraban con expectación, y sin decir palabra, porque al mismo tiempo no entendían nada.

El sol también estaba en la despedida: aquella tarde hacía más calor que de costumbre. Y el viento silbaba del sur. Ella se había quedado en la cocina de la casa, en su mundo: cocinando. Estaba precalentando el horno de siempre, aquel del que salían sus deliciosas recetas, a unos 180º. Sobre la mesa había un bol de cerámica con medio kilo de harina tamizada, doscientos gramos de azúcar, dos huevos y trescientos gramos de mantequilla a temperatura ambiente. La joven mujer, con su floreado mandil, mezclaba la masa con sumo cuidado, para conseguir que los ingredientes se unieran en una perfecta pasta homogénea.

“¿Dónde estará?” se preguntó el vaquero que yacía esperanzado sobre su caballo. Sus negros ojos la buscaban, pero no la encontraban. Una vez que los ingredientes estaban bien unidos, hizo unas cinco bolas, las colocó en el mismo bol y las dejó enfriar. Cogió una de ellas y bajo una fina capa de harina, la extendió con ayuda de un rodillo, que previamente también había enharinado, y recortó diversas piezas con los moldes que más le gustaban. Las puso en la bandeja para cocerlas, hasta que quedaran doradas, unos diez minutos, y así con todas. Cuando ya se habían enfriado, las colocó en dos platos coloridos y enormes, y bajó las escaleras.

El vaquero, con la esperanza la perdida, se dispuso a partir. Estaba a punto de cruzar la valla cuando aquel delicioso olor a mantequilla salió de la casa y, con él, ella... - ¡Pablo! ¡Niños!- gritó la madre- ¡Ya están las galletas! ¡A merendar! Corrieron todos. El pequeño Pablo bajó de Tintín, el Golden retriever de la familia, lo más rápido que pudo. Ni se dio cuenta de que dejaba atrás la pistola y el sombrero. - ¡El último se queda sin galletas!- gritó el pequeño vaquero a los demás-.

Si quieres que gane este relato, ¡vótalo!
0 comentarios