Newsletters
SUSCRÍBETE A LA NEWSLETTER
Entrar

Un puente en el norte

de Luis Ángel García
Nueva receta
6 Noviembre 2014

Virginia observaba por el ventanal de la cocina el centenario puente sobre el Fiordo de Forth, una estructura rojiza bañada por el pálido sol de la tarde sobre un agua picada por el viento del Mar del Norte. Al final había cumplido su promesa de visitar a su amiga Beatriz que había encontrado trabajo en el Bank of Scotland en Edimburgo. Su novia Mary, una muchacha con una cabellera tan rubia que parecía translúcida, quiso hacer los honores para la primera cena. Cocinó un típico plato escocés, rumbledethumps y un estofado de ternera. Apuraron el estofado y un pésimo vino francés. Virginia se levantó de la silla. Al minuto regresó portando tres bultos. Eran regalos: una agenda artesanal para Mary y el último libro de fotografías de Chema Madoz para Beatriz.
—¿Y el tercer paquete? —los ojos de Mary dejaron de parpadear cuando su novia extrajo de entre el papel de estraza lo que le pareció un enorme corazón sujeto con una cuerda — ¡Un botillo! —soltó Beatriz—. ¡Has cruzado medio mundo para traerme un botillo! —acercó su nariz al embutido y aspiró con fuerza el aroma que exhalaba de la tripa—. ¡Cuánto te quiero! —se levantó y abrazó a su amiga.
—Sabía que te iba a gustar.
Para aplacar el mohín de disgusto de Mary, le explicaron qué maravillosos secretos encerraba aquella oronda tripa. Le acercaron la pieza para que la oliera pero rechazó la invitación.
Mary se disculpó: al día siguiente madrugaba y el esfuerzo de hablar en español le resultaba fatigoso. Así ellas podrían hablar de sus cosas más tranquilamente.
Las dos amigas se acomodaron en el amplio sofá. Se conocían desde el colegio. La madre de Virginia había fallecido de repente dos meses antes, la víspera de El Cristo. Un infarto en la cocina, mientras preparaba la comida para toda la familia. Algo inesperado. La enterraron oyendo las bombas de fiesta estallar en el cielo como salvas de despedida.
Virginia observó agitarse el árbol que presidía la entrada a la casa, carente de hojas, y se arrebujó en la manta.
—Como no se te ve el pelo por Bembibre he tenido que venir yo a verte.
—Mis padres dicen que no vuelva hasta que les dé un nieto. No llevan muy bien lo mío con Mary y como siguen viéndose con Alfredo pues creen que todo volverá a ser como antes de venir a Escocia y que me acabaré casando con Alfredo.
—Dales tiempo. ¿Cuando me vas a enseñar la ciudad?
—El sábado podemos ir a Edimburgo. Y hacer la ruta de los fantasmas y tomarnos una cerveza.
—¿Crees en fantasmas?
—Esa ruta es una atracción para meterle miedo a los turistas y sacarles unas libras por unos subterráneos que no darían miedo ni a Espinete.
Virginia aún no le había confesado a nadie su gran secreto. Ni siquiera a su marido. —Te voy a contar algo pero te pido que no te rías.
—¿Estás embarazada de trillizos?
Virginia hizo una larga pausa antes de hablar:
—Mi madre vive conmigo.
Su amiga, la misma que la defendía en los recreos de los gamberros, la que le había encendido su primer cigarro detrás del estadio de fútbol, la buena amiga que le obligó a ahorrar hasta poder comprar un billete del interrail y hartarse a bocadillos por Europa, la miró como si no la conociera de nada.
—¿Me lo puedes repetir?
—Sabía que te ibas a quedar así —le confesó Virginia, bajando los ojos— pero eres la primera persona a la que se lo cuento.
—No entiendo...
Virginia se humedeció la garganta con un buen trago de té y comenzó su relato con el telón de fondo del ulular del viento.
—Me acerqué hasta la casa de mi madre esa tarde. Queríamos amortajarla con la ropa que más a ella le gustaba. Ya sabes que siempre fue muy coqueta. Me costó mucho meter la llave y entrar en esa casa. Sabía que mi madre ya no estaría esperandome con su sonrisa y eso hacía que me pesaran los brazos como si fueran de plomo. La cocina estaba como la había dejado ella, incluso con las ollas donde estaba preparando los botillos que ya no nos comeríamos. Al pasar junto al salón, camino del dormitorio, me pareció ver a alguien sentado en el sofá, tan vivo y tan normal como estamos tú y yo ahora. Fue muy rápido, como por el rabillo del ojo, pero te puedo jurar que aquella persona no era otra que mi madre.
Unos rasguños en la puerta las sobresaltaron. La hoja se abrió lentamente sin que nadie apareciese por el hueco.
—Moon ¿qué haces cariño? ¿No podías dormir?
La perra había decidido darse una vuelta hasta la sala de estar. Recuperado el aliento, Virginia retomó su relato:
—En otras circunstancias hubiera salido corriendo pero fui al dormitorio, escogí la ropa lo más tranquilamente que pude y comprobé que todo estaba en orden. No me sentí sola ni un momento en aquella casa, me sentí acompañada como si alguien estuviera en el salón esperando a que entrara a despedirme.
Beatriz se quedó sin palabras. Ella no creía en nada de esto y Mary, de haberlas oído, les hubiera hablado de los engaños del cerebro, de las sugestiones y las malas jugadas que nos gastan los cinco sentidos cuando no están bien conjuntados.
—Acababas de perder a tu madre, estabas conmocionada: estas cosas son como un mal sueño. No digo que no te crea pero cualquiera te dirá lo que yo. Ya verás como con el tiempo ves que fue algo del estrés emocional y todas esas cosas que dicen en las revistas para chicas...
Moon, de un salto, se encaramó al sofá, metiendo su cabeza en un pliegue de la manta de su dueña. Tras unos segundos, la sacó para mirar a un punto determinado de la sala de estar como mirando algo que ellas no podían ver, algo que la obligaba a mantenerse en estado de alerta.
—Pero es que eso no acaba ahí.
—¿Hay algo más?
—La he vuelto a ver en mi casa. Es muy rápido, igual que un flash, al pasar de una habitación a otra, en el reflejo de un espejo, sentada en mi cama, pero soy capaz de distinguirla, de ver su sonrisa, de cómo era ella cuando estaba viva. A la semana de enterrarla me encontraba cocinando en mi casa: Santiago aún no había llegado del trabajo y la tortilla de patata se me estaba pegando en la sartén. De repente noté una corriente de aire en la nuca, aquí, detrás de las orejas. Pensé que me había dejado una ventana abierta pero luego caí en la cuenta de que no era una corriente normal, era más como si alguien te soplara al oído, reclamando mi atención. Y por la noche noto como si me acariciaran el pelo.
—Me dejas ojiplática.
—Te pido por favor que no le cuentes nada de esto que te he contado a Mary. No estoy loca pero esto me está descolocando la vida.
Beatriz no tenía secretos con su novia pero le haría caso a su amiga por esta vez. Mary era profesora de matemáticas con fama de recta y eficaz en un refinado colegio de Edimburgo. Era una empírica convencida a la que en la suma de uno más uno siempre aparecía el número dos.

Virginia le mostró a Beatriz las dos botellas de vino italiano que había conseguido en un Tesco del pueblo, el único vino que encontró que no le obligaba a vender su alma para llevárselo. Sacó media docena de patatas de la escasa despensa de su amiga. Puso agua hasta la mitad en una olla grande. Cuando empezó a hervir, echó el botillo, protegido dentro de una bolsa para congelar alimentos, evitando así que los suculentos jugos no se perdieran en el agua. Durante la primera hora y media en que estuvo cociendo, apuraron una botella de vino. Recordaron el pasado, las comidas en casa de Beatriz, la alegría por los botillos disfrutados en familia.
—Un truco muy bueno para cocer el botillo es envolverlo en papel de aluminio para que quede más jugoso. Mi madre siempre lo hacía—. Virginia se emocionó—. Pero no es momento para la tristeza. ¡Ponme más vino!— exclamó a la vez que metía las patatas enteras y peladas para que se hicieran en esa media hora a mayores.
Mary se pasaba de vez en cuando por la cocina para comprobar que de aquella tripa iba a surgir algo comestible. Hasta Moon parecía excitada por el vaho que salía de la olla.
Cuando presentó la bandeja en la mesa, un emocionante olor inundó la estancia. Aromas del pimentón y el ajo del adobado; y del humo de encina que un día lo envolvió. El botillo descubrió su secreto, abierto en canal como el animal del que salió, rojo intenso como las mejillas de un tragaldabas ansioso por el festín. Beatriz aspiró con fuerza las emanaciones de la bandeja, igual que el oxígeno de la vida; la cara de Mary era más de sorpresa que de disgusto, observando a su novia en un estado similar al del orgasmo.
Más pronto que tarde, Moon ya estaba disfrutando de los huesos. En la bandeja ya sólo quedaban la tripa, algunos huesos roídos y la cuerda que lo había sostenido. Mary había aceptado, casi a regañadientes, que el botillo encerraba un secreto sin igual. Pidiendo disculpas, se levantó para rellenar la jarra de agua en la cocina.
—Dime Bea: ¿crees que le ha gustado? Igual le ha resultado un poco pesado.
—¿Pesado? Eso es que tú no has probado el plato típico de Escocia: el Haggis. Eso sí que te cura de cualquier espanto: lleva pulmón y no sé qué parte de la oveja —Beatriz se tapó la boca para disimular la risa—, no te digo más...
Un estruendo llegó de la cocina. Se encontraron a Mary con la mirada extraviada, salpicada de agua y rodeada por los pedazos de la jarra hecha añicos. Beatriz la acompañó al salón y la sentó en el sofá: su rostro demudado denotaba que aquello iba más allá de la fortuita rotura de una jarra de agua. Virginia encontró una escoba, un cubo y una fregona con las que arregló el desorden de la cocina. Al reencontrarse en el salón con ellas, Mary continuaba con el semblante desencajado.
—¿Qué pasa Beatriz?
—Sientate Virginia —su amiga esperó a que se aposentara frente a ellas en una silla—. Mary me ha dicho que después de llenar la jarra de agua, se giró hacia el ventanal y vio a una mujer que pasaba frente a ella. Y que ésta le dijo: «Hola, ¿qué tal te va?»—. Mary musitó algo casi ininteligible en inglés—. Sí... Y que sólo le dio tiempo a responder «bien gracias» antes de que esa mujer desapareciera.
Virginia tomó su teléfono móvil de la repisa. Buscó una foto y la mostró. No había duda: la expresión de terror de Mary habló sin mover los labios.
—I´m going to tell you...
Durante unos minutos, Beatriz le contó Mary el secreto de su amiga española. Conocer la verdad, aunque esta careciera de toda lógica, pareció tranquilizarla.
—Pensé que con el viaje todo se calmaría —Virginia miró a Mary y se sintió culpable como si ella hubiera provocado la visión—. Mi madre se disponía a hacerlo el día en que murió. Para ella cocinar, que nos reuniéramos en torno a un botillo, era su mayor felicidad. Quiero pensar en que se ha aparecido no para dar miedo si no para demostrarnos que aún se siente feliz por vernos felices.
La celebración de la vida, o de la vida más allá de la vida, las había reunido alrededor del botillo, la excusa ideal para compartir esa misma vida que un día sería arrebatada o transformada por designios aún por desvelar: piel, carne, huesos y una cuerda a la que aferrarse.

Si quieres que gane este relato, ¡vótalo!
0 comentarios