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UN LUGAR DULCE

de su virgos
Nueva receta
27 Noviembre 2014

- Que no, te he dicho que no, que no puede ser. Necesitamos un poco más de tiempo, no puedo tenerla para mañana.

Laura había entrado al mercado, mientras hablaba por el móvil, no prestando demasiada atención a la conversación, estaba buscando encarecidamente la tienda de especias para hacer un bouquet que necesitaba para la cena de hoy. Era lo único que le faltaba para poder realizar el guiso que tantas veces había cocinado en momentos especiales.

- Eres muy insistente, veré lo que puedo hacer, pero no te garantizo nada.

Colgó el teléfono y sonrió, finalmente había encontrado la tienda.

Tras varios años de empresa en empresa realizando tareas administrativas y un despido a sus espaldas, había decidido dar el gran salto e invertir todo lo que tenía en una pequeña librería de barrio con aspecto romántico que además servía desayunos, con lo que el potencial cliente podría hojear las últimas novedades mientras disfrutaba de un café recién hecho. Se daba la circunstancia que estaba ubicada a 100 metros de su antiguo trabajo, así que su clientela era conocida y el boca a boca había hecho el resto. La incertidumbre le daba miedo, pero en cierto modo también la hacía sentirse más viva, no se arrepentía, nunca había sentido la felicidad como ahora. No le apetecía pensar en el trabajo que le habían solicitado desde el otro lado del teléfono, sabía que no podía tener a tiempo todos esos mini postres para una presentación de un libro que organizaba, del que habían cambiado la fecha sin previo aviso y lo único que le apetecía era cocinar un arroz con codornices para sus padres, que habían venido a visitarla. Por otro lado, no podía decir que no a una propuesta que le generaría unos ingresos que equivalían a dos meses de negocio.

Tenía que encontrar la manera de solventar el asunto antes de mañana, pensó que podría contactar con Marcos, con el que coincidió en un curso de repostería que había conseguido entrar en el horno de Paco Torreblanca para aprender todo lo que uno tiene que saber del chocolate. Ahora se dedicaba a la repostería en un hotel de 5 estrellas cercano a Colón, donde había adquirido tanta notoriedad que hasta las revistas especializadas se habían fijado en su trabajo.

Marcos fue un compañero excelente en el curso, tan cerca estuvieron que existió un cierto flirteo que quedó en eso, porque ninguno de los dos querían estropear ese momento. Desde entonces, tendrían una amistad que consistía en intercambiar miles de recetas y una cita mensual para quedar a cenar en los sitios más nuevos de la ciudad. Luego dedicaban la mañana siguiente a elaborar una crítica gastronómica, fingiendo ser Capel, ejercicio que les resultaba tan divertido que lo esperaban ansiosamente.

- Me tienes que ayudar, tengo un pequeño problema que puede convertirse en uno muy grande.

- No me asustes, ¿qué pasa?

- Tengo que preparar 100 mini postres para mañana y no puedo hacerlo sola, había pensado hacer algo simple, coulant de chocolate y tarta tatín.

- ¿Para mañana?. Hoy estoy en el restaurante hasta las dos de la mañana, y llevo sin librar tres fines de semana. Mañana quería descansar todo el día.

- Ya pero sabes que la próxima cita mensual, si me haces este favor, ¿puede ser una invitación a Diverxo?

- ¿Pero tienes reserva?. Ya sabes que sin reserva, no se come.

- Por eso no te preocupes, confía en mí.

- Podemos utilizar tu horno aunque habrá que hacerlo en tandas.

- Claro, claro ¿a qué hora vendrás mañana?. No es por presionar pero a las cuatro de la tarde tengo que tenerlo todo preparado, llegan a las cinco.

- A las 10 estoy por ahí, al menos invítame a desayunar antes, un chocolate con churros para tener energía sería una buena opción.

-¡Oído!. Nos vemos mañana. ¡Gracias!

Con una sonrisa de oreja a oreja, sabiendo que el asunto estaba encauzado, decidió imaginar, mientras viajaba en metro hacia casa, cómo llevaría a cabo la receta que tantas veces había imaginado en la cazuela de Carvalho de Vázquez Montalbán.

Cuando tienes ganas de un arroz intenso de sabor y fácil en su ejecución, siempre pensaba en arroz con codornices. Primero troceó las codornices separando los muslos, pechugas y cuello. Las embadurnó de una mezcla que elaboró en un vaso con dos cucharadas de aceite, comino, orégano, sal y pimienta. Agitó la mezcla hasta ligarla y con una brocha de silicona pasó la mezcla por todos los trocitos de la codorniz. Las dejó en una ensaladera macerando durante media hora para que el sabor se traspasara al interior.

Mientras tanto, puso a freír a fuego bajo, unos ajos para que el aceite tomara sabor sin pasarse de temperatura ya que se quemaría y abortarían la operación. Había que evitar la cebolla en este plato porque no era muy recomendable encontrarlo en el arroz, pero por supuesto eso era facultativo. Echó las codornices en la sartén trocito a trocito, a fuego medio, para que cogieran color y poco a poco se frieron hasta que encontró el punto perfecto para añadir el arroz, no uno cualquiera, tenía que ser bomba para que cada grano se impregnara de esa maravillosa intensidad. Removió ligeramente con una cuchara de madera tratando de aprovechar el fondo de la sartén que es lo que le daría sabor al arroz. Una vez todo estaba ligado, echó un caldo de ave, aunque muchas veces lo hacía sólo con agua incluyendo el bouquet de especias.

Quince minutos después, tras dejarlo cinco minutos más en reposo, el plato estaba acabado. Algo que le daba al plato un toque de distinción, era añadir sal Maldon al arroz una vez emplatado. La sensación de encontrarse esos trozos de cristal a medida que ibas comiendo era impagable. Toda la casa estaba contagiada de un olor a especias que hacía salivar a Laura como los perros de Paulov.

Sus padres alabaron su mano en la cocina, estaban preocupados por su nueva experiencia en la librería, pero la veían tan feliz que no pensaban que nada pudiera salir mal, aunque pesaba la autoprotección a la que la habían sometido desde niña.

- Ya sabes que si necesitas nuestra ayuda, no dudes en pedirla. Si te falta dinero para algún proveedor, o ves que no llegas a fin de mes, por favor, dínoslo. Tu madre y yo queremos colaborar en ese nuevo proyecto y no se debe truncar por tu orgullo.

- Papá, me gusta hacer las cosas por sí sola. Sé que os tengo ahí, y con eso es suficiente pero no quiero involucraros a la primera de cambio, debo ser adulta y no ahogarme en un vaso de agua.

La cena terminó con un té rooibos, sentados en el sofá, departiendo sobre el viaje que habían organizado sus padres antes de Navidad, para ir a visitar al hermano de Laura a Dublín, donde estaba buscando trabajo de profesor tras haber tenido que emigrar por la situación de desempleo que se estaba viviendo en el país.

Estaba nerviosa y no conocía la razón, ¿sería la llegada de Marcos mañana?. Eran buenos amigos, pero nunca se habían encontrado solos en su casa, y sabía que siempre había un eterno flirteo inacabable que podría terminar con la paciencia de uno de los dos, o con la llegada de un nuevo participante en una de las dos vidas.

Decidió que lo mejor era descansar, iba a ser un día duro, y necesitaba tener todos los sentidos preparados ante cualquier situación.

Apagó la luz y soñó con una bullabesa jugosa.

Se levantó de la cama animada, sonriente, feliz.

Llamaron a la puerta y abrió sin pensar que no fuera él. Marcos vestía de blanco, de hecho no le faltaba ningún complemento de su traje de cocinero, llevaba hasta el gorro. Se quedó alucinada, no se lo esperaba.

- ¿Hola, qué te pasa? ¿Estás ojiplática?

- Mmmmmmm, nada, nada, estoy dormida aún.

- Tenemos que empezar si no nos va a dar tiempo a terminar el pedido. Creo que lo he traído todo.

La mañana fue muy intensa, trabajaron duro, especialmente para no tener que repetir ningún postre que pudiera demorar la operación.

A menudo le miraba de reojo admirando su profesionalidad, rapidez, eficacia y sobre todo tranquilidad en la ejecución de su trabajo. Tenía un autocontrol digno de pasteleros experimentados.

Tuvieron conversaciones que versaron sobre muchos aspectos vitales, sus expectativas ante el futuro, el miedo a la vejez, los amigos que se pierden a lo largo de la vida, los lugares que tenían tantas ganas de visitar, el amor. Rieron y discutieron, siempre les pasaba, pensaban de forma distinta y a veces eso les enfadaba pero acto seguido encontraban el sentido a la idea expuesta, y volvían a empezar.

Todo salió a pedir de boca, a las dos de la tarde los postres estaban terminados pendientes de entrar en el horno. A las 4 estaban emplatados y dispuestos en la librería esperando la llegada de los asistentes, olía a gloria.

Se despidieron con una mirada y un beso fugaz en los labios. No le dieron importancia o no quisieron reparar en ese hecho, había sido un día redondo y no era un buen día para complicar las cosas.

Su próxima visita a Diverxo era una ocasión ideal para tratar este tema, y otros muchos, pero debían esperar, como decían en Casablanca, presiento que este es el comienzo de una gran amistad.

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