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UN GUISO EN ALTA MAR

de JAUME MARTIN
Nueva receta
4 Diciembre 2014

Mi estómago daba vueltas…

El vaivén del oleaje hacía imposible mis esfuerzos por incorporarme. Mi abuelo me había convencido para que le echase una mano con la faena de aquel día. En realidad, lo hizo a regañadientes, no estaba seguro de que fuera de ayuda, pero eran días de mucha pesca y no le vendría mal una mano.

No se por qué acepté, quizá lo hice en un intento de demostrar mi valía, retaba mi amor propio puesto que era consciente de mi fracaso. Toda mi familia se preguntaba por qué siendo la cuarta generación de pescadores era incapaz de sostenerme en pie encima de la barcaza, por mi sangre debía correr el mar, mi sangre debería saber a salitre y alga, pero en realidad, pese a mis esfuerzos por complacer a mi familia, mi estómago centrifugaba con solo escuchar el rumor del mar.

Eran ya casi las doce del mediodía, el sol apuntaba en lo más alto del cielo. Agazapado junto a redes y cajas, tomaba la manzanilla que me daba mi abuelo para que mi estómago dejase de sufrir.

-Acércate chaval, me ordenó mi abuelo, tienes que vencer tus miedos, me dijo. No es tu estómago sino tu mente. Lo que tienes que hacer es entretener tu pensamiento. Se acerca la hora de comer, llevamos muchas horas de faena y nos queda aún un par de horas, en las últimas capturas sólo hemos cogido morralla. ¿sabes cocinar?

-Claro. Le mentí. Quería sentirme útil. Debía entretener mi mente y aposté por intentarlo. Eran muchas las veces que desde la cocina haciendo los deberes había visto cocinar a mi abuela. Confiaba en haber aprendido algo.

Me acerqué a la pequeña cocina eléctrica que dependía de un generador antiguo y sosteniendo con una mano una cazuela y con la otra mi estómago enfermo, di unas vueltas con la mirada a una pequeña alacena donde se guardaban las provisiones.

Mis problemas para mantenerme en pie se agudizaban, el mar se revolvía como si se tratase de mi peor enemigo. Parpadeé fuertemente un par de veces y pude aclarar mi mente. Enumeré: ajos, cebollas, patatas, pimentón, laurel, aceite y sal.

Vale, es lo que hay, calenté el aceite y los ajos en un perol. Mientras se doraba, escuchaba el vocear de mi abuelo y los demás pescadores. Por fín habían detectado un banco de peces y se disponían a colocar la red.
Me acordé de la morralla que me dijo mi abuelo. Subí a cubierta y en un cajón conservado del sol distinguí: galeras, arañas, cabetes, burros, peludas, pequeñas gambas… las metí en una olla con agua y bajé a mi tarea, una vez allí y junto con un poco de aceite, puse la morralla a hervir.

Me paré a sentir el suelo del barco y mi estómago se revolvió otra vez, mejor me moveré. Cogí un par de cebollas y busqué un cuchillo. Entre cebos, guias y anzuelos conseguí una navaja y me dispuse a cortar la cebolla.

Buscando equilibrio y respirando profundo intentaba vencer al mareo… Mientras cortaba las cebollas en trozos lo más finos que podía los iba introduciendo en el aceite, añadí además un par de hojas de laurel e introduje una cucharadita de pimentón. El aroma que desprendía me resultaba familiar. Podía recordar cada uno de los olores de los alimentos que introducía en el puchero y que me trasportaban sin lugar a duda a la comodidad de la cocina de mi abuela.

Otro vaivén más… ¿Cómo puede alguien acostumbrarse? Continué ahora pelando patatas. Desde mi improvisado puesto de trabajo oía la risa de los pescadores cerrando el fondo de la red al pasar el banco de peces. Oía las instrucciones de mi abuelo para levantar una vez capturados los peces, según parece rebosaba.

Me acordé de la forma tan curiosa que tenía mi abuela de cascar las patatas antes de echarlas a los guisos, eso, me produjo una sonrisa y tal cual, las fui introduciendo a la cazuela, para cuando terminé el olor de la morralla hirviendo iba calmando mi estómago y como si fuese a calmar mi angustia, la fui añadiendo poco a poco al guiso de patatas.

La voz de mi abuelo me hizo reaccionar, - Chaval, sube a ver esto!!!

Y ahí estaba yo, viendo como de la red inmensa asomaban unos peces enormes.

-Atunes, dijo mi abuelo

-Sonreí, el espectáculo era incomparable, me quedé inmóvil viendo el espectáculo. Los pescadores, recogiendo las redes, desechando los peces que por tamaño devolvían al mar, apartando la morralla…
Cuando le pedí a mi abuelo que me trocease unos trozos de atún, me sonrió como si le bastase esa petición para saber que yo también había apreciado tan valioso tesoro. Y así hizo, cortó con fuerza la carne tersa de un atún enorme y de ella unos cuantos trozos y así como me los dio, lo agregué al guiso que estaba haciendo.

De la tarea de recogida y limpieza de la cubierta, no me pude librar, pero he de decir que había conseguido domar a mi estómago, o quizá a mi mente… Había estado tan entretenido que mi estómago no había tenido tiempo para seguir el vaivén del oleaje, simplemente mi mente disfrutó.

Para cuando terminamos de recoger, mi caldereta de bonito había inundado con su aroma toda la barca, la comida estaba hecha. Dispuse a cada miembro de la tripulación su cuenco con su merecido trofeo. La satisfación de mis comensales compensó mi escasa valía para faenar pero me animó a descubrir un oficio, uno para el que si valgo, uno en el que nunca fracaso.

Hoy en día, sé que por mis venas corre sangre de salitre y algas. Descubrí mi vocación, hoy en día hasta me sorprendo cocinando con placton!! quizá no sea la cuarta generación de pescadores pero mi vínculo con la mar, comenzó con un guiso en alta mar…

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