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Sopa de Ajo al ambiente del Antártico

de Abel Domínguez
Nueva receta
19 Agosto 2014

Siento como si mi cuerpo fuera un muñeco de trapo, zarandeado de arriba abajo, de un lado a otro, y sobre todo ese ruido machacón en mis oídos roto repentinamente por unos golpes bruscos que me hacen temblar de pies a cabeza. No soy capaz de identificar el olor que penetra por mis fosas nasales, es como una mezcla de gasóleo, baja mar y… sobre todo ¿ajo? Entonces alguien me susurra al oído –Abel, Abel, despierta, es tu turno, son las doce menos veinte– Estoy como en una nube y no reacciono, hasta que una mano mueve repetidamente mi hombro y me hace despertar, regresando a la realidad: estoy atado con cinchas en pies y pecho, para evitar caer de mi litera mientras atravesamos el tempestuoso Paso de Drake, dicen que el mar más bravo del mundo. Es mi segunda Campaña Antártica y ya nada me resulta extraño, pero estos tres días de travesía entre el Cabo de Hornos y la Península Antártica no dejan indiferente ni siquiera al marino más avezado. Las borrascas rotan continuamente alrededor del Continente, y no es posible cruzar el Paso sin verse inmerso en crudos temporales que, en algún momento, nos hacen creer que el buque va a terminar desmantelado por los furiosos embates de la mar embravecida. José es mi compañero de la radio, en veinte minutos tengo que relevarle. Entonces, regresa a mi ese olor a ajo y se vuelve más penetrante. Sólo un compartimento más allá se sitúa la cocina. Son casi las doce de la noche y Manolo, el cocinero, está a la tarea de preparar una sopa de ajo para los salientes de los siguientes turnos de guardias de mar. Esta sopa es una arraigada tradición marinera, pocas cosas sientan tan bien al cuerpo, y especialmente cuando el temporal nos anula en redondo las ganas de ingerir nada; a veces en esas condiciones hasta un simple vaso de agua nos hace daño en el estómago. Después de asearme un poco y refrescarme la cara aun tengo cinco minutos para darme un paseo por la cocina. El barco sigue en medio del temporal y parezco un pato mareado intentando avanzar por el pasillo, con las piernas a horcajadas y los brazos en cruz para apoyarme en los mamparos de ambos lados y asegurar que mi cuerpo no termine en el frío y duro piso de metal. Manolo está pasando por una gigantesca sartén un montón de ajos que tiene laminados dentro de un gran bol, al lado hay una olla industrial donde pretende elaborar la sopa para más de 70 personas. A pesar de que soy un consumidor asiduo de esta excelente sopa, despreciada en principio por los que nunca han tenido el gusto de probarla, no me había preocupado de saber cómo elaborarla. Este desconocimiento es casi un insulto para un veterano marinero. – Manolo ¿me enseñarás cómo hacerla?– le pregunto – ¿Para setenta personas? – No, no, para tres a seis personas como mucho– le preciso. – Vale, pero mejor la haces tú y yo te guío, vente mañana a las cuatro que estaré libre. Después de tomarme una taza de chocolate bien caliente me toca subir a la radio, que está justo detrás del puente de gobierno, y eso supone otra odisea. Si no calculo bien y acompaso mis pies con el cabeceo de proa, puedo terminar subiendo de golpe toda la escalera o acabar en cuclillas pegado contra el piso; la experiencia me vale de mucho y consigo subirlas de dos en dos sin contratiempos. Pero no puedo evitar pararme en el puente, porque el espectáculo es sobrecogedor: el bonito sol que nos acompañaba días antes al partir, y el intenso azul de la superficie, se ha tornado ahora en un cielo gris, casi negro, y en aguas oscuras y tenebrosas, que pueden ser perfectamente observadas cuando estalla el fuerte aparato eléctrico que nos rodea. El feo aspecto de la atmósfera es reflejo de la poderosa tormenta en curso. En el centro –a crujía– una pequeña imagen de la Virgen del Carmen preside el puente, recordándonos lo diminutos que somos ante los elementos desatados. El anemómetro marca sesenta y cinco nudos de velocidad del viento y en aumento, el radar muestra numerosos y diminutos puntos blancos por toda la pantalla producto de la tormenta eléctrica que se desarrolla en las inmediaciones. La lluvia golpea violentamente contra los parabrisas, y de vez en cuando toneladas de agua pasan en forma de grandes láminas por encima del puente, que son iluminadas por constantes relámpagos diseminados aquí y allá. Los pantocazos se suceden, acompañados de los incómodos bandazos, que impiden realizar las labores más cotidianas de abordo; cenar de plato, por ejemplo, es toda una aventura, y muchos nos inclinamos por algo sólido que podamos introducir dentro de un trozo de pan. Hace horas que se ordenó el arranchado a son de mar, o sea, que todo objeto susceptible de caer o desprenderse esté bien amarrado para enfrentarnos al temporal. La velocidad se ha reducido a ocho nudos para atacar mejor la Mar que nos entra por la amura. En estas condiciones el piloto automático es inservible, así que un marinero se sitúa a la caña para gobernar manualmente. Nos espera una noche movida, afortunadamente las camas poseen cinchas a la altura de las piernas y del pecho, para asegurar que no daremos con nuestros huesos en el suelo. En la radio está mi compañero José manteniendo una batalla dialéctica con Madrid, al parecer han anulado las conferencias telefónicas hasta nueva orden, el motivo es que todas las antenas las tienen que orientar hacia el Golfo Pérsico por la grave crisis que se está desarrollando allí. La mañana ha ido mejor de lo esperado, el tiempo ha mejorado ligeramente, pero el último meteo facsímil que imprimí me dice que en pocas horas otra borrasca podría pasarnos muy cerca y volver a zurrarnos duro, así que no pierdo el tiempo. A las cuatro, como un reloj, estoy en la cocina presto a servir de pinche a Manolo. – Manolo ¿vamos al lío?– No hizo falta que me respondiera, con un gesto me señala el mandil y los instrumentos de trabajo. Le pregunto entonces por los ingredientes, los cuales veo que ya tiene reservados en una bandeja antibandazos: Para tres personas: -6 dientes de ajo -3 huevos -200 gramos de pan duro en rebanadas finas -Entre 50 y 75 ml de aceite de oliva virgen -100 gramos de jamón serrano (opcional) -1 cucharada de pimentón dulce -2 litros de caldo a temperatura ambiente (preferiblemente de pollo), o agua en su defecto -Una pizca de pimienta negra -Sal Manolo me indica que lo primero es pelar y laminar todos los ajos. Aunque es opcional, en esta receta usaremos jamón serrano que picaremos en cuadraditos. Seguidamente, en una olla ancha me manda sofreír los ajos en aceite de oliva virgen hasta que tengan un ligero color tostado. Me pongo a ello cuando de pronto oigo: – ¡Para, para, paraaa, así no!– me dice Manolo con voz inquisitoria. Por instinto levanto raudo las manos como si me estuvieran apuntando con una pistola en la cabeza. – ¿Qué hice mal?– pregunto sorprendido. – Has quemado los ajos, ya no nos sirven. Sin mediar palabra Manolo me retira la cazuela y vacía todo su contenido, desechándolo. Me informa que si quemo los ajos la sopa tendrá un sabor amargo. Así pues tomo buena nota de este punto que parece muy importante, ya no volveré a cometer el mismo error. Pelo y lamino más ajos y añado aceite limpio, comenzando de nuevo. Siguiendo las instrucciones de mi maestro, cuando los ajos ya están algo tostados los retiro hasta más tarde. Añado a la olla el jamón picado y lo sofrío un par de minutos, tras lo cual incluyo también el pan duro en rebanadas, removiendo todo convenientemente durante otro par de minutos hasta que el aceite quede prácticamente absorbido por el pan. En este momento retiro la olla del fuego y espero unos segundos antes de añadir el pimentón, para que no se arrebate debido al calor. Remuevo todo bien para que el pimentón impregne el pan. Ahora, asegurando que el caldo de pollo esté a temperatura ambiente, lo vierto sobre todo el contenido de la olla. Si no tuviera caldo, aunque el sabor no sería tan intenso, podría utilizar agua simplemente. Incorporo también los ajos que he reservado antes, sazono con pimienta negra y dejo cocer entre veinte y treinta minutos a fuego mediano. Y mientras observo como la olla comienza a hervir, escucho por órdenes generales: – ¡Abel, al puente! Me reclaman arriba, así que pido a Manolo que eche un vistazo a la cocción y retire la olla del fuego si tardo más de media hora. Cuando llego al puente me comunica el oficial de navegación que el equipo de comunicaciones por satélite Inmarsat está emitiendo unos pitidos muy molestos y repetitivos. Tras una primera observación me percato que el equipo pierde varias veces la situación, avisando con una alarma característica de pitidos intermitentes. Me preocupo porque no es habitual, ya que este aparato está preparado para conservar el contacto con el satélite incluso con temporales más crudos. Después de reiniciarlo confirmo que algo va mal en el circuito de la antena parabólica; se trata de un grave contratiempo, pues en este momento estamos incomunicados por satélite ante cualquier emergencia, pues para cosas urgentes la comunicación HF con Madrid ya no es viable. Me planteo seriamente si subir al mástil de la antena para hacer las comprobaciones pertinentes. El mástil es muy corto, a menos de dos metros de la cubierta, pero aun así incita a respirar hondo antes de aventurarse, porque el temporal no ha cesado totalmente y allí arriba se siente mucho más el movimiento lateral y el húmedo viento racheado. Quizá sea el sentido profesional, o simplemente la inconsciencia de la juventud perdida que aún aflora, el caso es que me visto con traje de aguas y un chaquetón de mar, y me ato sobre él un cinturón de seguridad. Pido a un compañero que esté presente en todo momento desde abajo con un walkie-talkie en la mano. Tomo aliento y subo. La cúpula de la antena tiene una pequeña escotilla en la parte inferior, a través de la cual puedo acceder con dificultad; me cabe malamente la cabeza y un brazo estirado en cuyo extremo porto una linterna para iluminar el interior. Con el equipo apagado no detecto nada sospechoso, ni olor a quemado. Tendré que encender el equipo para ver la antena en funcionamiento, no me gusta la idea pero no encuentro otra alternativa. Pido a mi compañero que mande activar el equipo de satélite. No tengo más remedio que asomar la cabeza en el interior con los servomotores giroscópicos en movimiento, los cuales giran a unas 12.000 revoluciones por minuto; al encontrarme dentro de una cúpula totalmente cerrada el ruido es ensordecedor y muy agudo, penetrando fuertemente en mis oídos. No puedo obviarlo porque necesito escuchar los sonidos emitidos por servos y engranajes para tratar de identificar dónde está el fallo. Observo que la antena se orienta correctamente en elevación (cuando el barco se inclina), pero no responde en azimut (cuando el barco vira). Entonces me percato que el problema lo tengo a altura de mis ojos: el reostato de la orientación en azimut gira libremente sin control, pues el tornillo que sujeta su eje está flojo. La avería quedaría solucionada con un simple destornillador Philips de estrella. Pero soy incapaz de continuar, la cabeza me da vueltas y tengo ese penetrante sonido agudo de la giroscópica en lo más profundo de mi cerebro. Pido a mi compañero que apague el equipo y se encargue de apretar el tornillo, mientras intento bajar al interior con grandes dificultades; nunca el sonido de la máquina diésel me pareció tan monótono. A los cinco minutos devuelvo lo poco que había desayunado. A mi regreso a la cocina debo parecer un fantasma, porque Manolo me dice que estoy más blanco que el talco y me invita a que me acueste y descanse. A pesar de todo ya me siento algo mejor y rechazo la idea. No quiero dejar la receta por la mitad, al fin y al cabo tardé menos de media hora en solucionar un problema que, en principio, me pareció más grave de lo que resultó ser. Continúo pues donde lo había dejado. A los 20-30 minutos de cocción llega el momento de cascar los huevos añadiéndolos enteros, a la vez que voy removiendo para que las claras y yemas se deshagan y cuajen. Sazono con sal si fuera necesario (el jamón serrano siempre suelta algo de sal) y dejo cocer cinco minutos más. Ya está, apago y dejo reposar. Manolo observa el resultado de mi trabajo y tras probarlo me hace un gesto de afirmación, al tiempo que me felicita: –Chaval, te ha salido como a un profesional, ¡enhorabuena! Satisfecho, le doy las gracias por su tiempo e intento acceder a la cubierta por popa para tomar aire fresco, pero cuando abro la puerta de toldilla observo un impresionante panorama: aún hay marejada y muchas olas rebasan la borda y convierten el habitáculo en una improvisada piscina, donde el agua se desplaza alternativamente entre babor y estribor con inusitada fuerza, formando espumeantes crestas de colores blanco y celeste. Así que, salir allí es una temeridad, mejor refugiarme en el interior hasta que amaine el temporal. A las ocho de la tarde casi hemos dejado atrás la última borrasca, la línea de convergencia antártica también hace muchas horas que quedó lejos, pronto avistaremos las primeras cumbres nevadas de las Shetland del Sur. Es momento de disfrutar de la receta en un puro ambiente antártico, así que ataviado con el chaquetón y el gorro polar, y tras servirme un buen tazón de mi sopa de ajo me dirijo al castillo de proa. Apenas hay una marejadilla que no impide circular cómodamente por la cubierta. La temperatura 6ºC bajo cero, lo demuestran las bitas de amarre que hay frente a mí, cubiertas por barlovento con una espesa capa de hielo. Al fondo, en lontananza, diviso el primer vestigio de las tierras antárticas: la isla Smith, cubierta de una nieve blanca inmaculada desde las escarpadas cumbres montañosas hasta el mar, es una imagen impresionante que obliga a reflexionar sobre nuestra existencia. Y allí, de pie, apoyado de espaldas sobre el cabrestante del castillo, con el tazón humeante entre mis manos tomo un sorbo y cierro los ojos, dejo que el aire húmedo cargado de sal acaricie mi piel. Saboreo la Mar entre mis labios, aspiro profundamente y disfruto sin prisas de esta impagable recarga de pilas.

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