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RAVIOLIS EN SALSA DE SETAS

de ISABEL CORRAL
Nueva receta
8 Diciembre 2014

La venganza es un plato que se sirve frio.
RAVIOLIS EN SALSA DE SETAS

No había visto una mujer tan atractiva como Leonor hacía mucho tiempo: Alta, esbelta, con unos preciosos ojos grises con matices azules, y una abundante melena oscura que enmarcaba sus rasgos armónicos y contrasta con el tono anacarado de su piel. Aunque sobre todo lo que más me llamaba la atención de ella era su cautivadora sonrisa que iluminaba su precioso rostro convirtiéndola en una mujer sencillamente irresistible.
La habían trasladado como jefa a nuestro departamento de finanzas hacia tan solo unas semanas y todo el mundo parecía encantado con ella, La verdad es que yo me había mantenido a la expectativa aún a pesar de haber sucumbido a sus encantos desde el primer día.
Fue precisamente la mañana del pasado lunes cuando coincidí con ella en el ascensor y entablamos la típica y trivial conversación sobre el tiempo. Sin embargo enseguida derivamos a temas más personales, como por ejemplo nuestros respectivos estados civiles. Pareció animarse cuando se enteró que yo a mis cuarenta años aún conservaba mi soltería como ella y, acto seguido me invitó a cenar a su casa el siguiente viernes, Yo me quedé un tanto sorprendido pero acepté encantado sin dudar un segundo. Entonces ella me regalo una de sus resplandecientes sonrisas y, como si quisiera desterrar cualquier tipo de suspicacia me aclaró que le gustaba conocer a sus subordinados fuera de la esfera laboral, pues así se establecía un ambiente más cordial que beneficiaba los buenos resultados de la empresa.
Como cabe imaginar a mí me importo un rábano su justificación. Lo importante es que pasaríamos una velada juntos y que era precisamente al que había elegido entre mis compañeros para empezar a crear ese ambiente cordial del que hablaba…
Por fin llego el viernes y tras una semana en que a duras penas pude reprimir mi impaciencia, me encontraba frente a la puerta de entrada de su ático en pleno corazón de Madrid, con una botella de vino blanco y una caja de bombones.
Me recibió con su habitual elegancia, luciendo una camisa blanca y unos pantalones negros que le sentaban como un guante.
-Vaya ya estás aquí y aún tengo que preparar la cena. Pasa y ponte cómodo – Me invitó a entrar algo apurada – Como estamos en Otoño he decidido cocinar una plato de raviolis con salsa de setas. Espero que te guste…
-Claro, seguro que me encantará. Solo espero que entiendas de setas- bromeé.
-Ni lo dudes. Soy toda una experta en micología. Además sino te importa, puedes ser mi pinche y así acabaré antes.
Así pues, me llevo a la cocina, me endilgo un delantal y empezó a sacar de la nevera todos los

Ingredientes:
- 200 gramos de raviolis frescos rellenos de carne.
- 125 – 150 gramos de níscalos y boletus.
- 2 – 3 dientes de ajo picados.
- 120 ml de aceite de oliva.
- Sal.
- Y cuatro cucharadas de queso parmesano rallado.

- Para la bechamel:

- 500 ml de leche entera.
- 60 gramos de mantequilla.
- 3 cucharadas soperas al raso de harina común.
- Sal y pimienta negra o blanca molida en el momento.
- Una pizca de nuez moscada.
- 1 cebolla.
Preparación:
Mientras ella ponía a cocer los raviolis en agua hirviendo con sal y una cucharadita de aceite de oliva unos 10 minutos para que estuvieran “al dente”, yo me disponía a limpiar y picar los níscalos, los boletus y otras setas que no había visto en mi vida.
-Por cierto, ¿Tú has vivido en Madrid toda la vida? Me preguntó.
-Si siempre he vivido en las Ventas, hasta hace dos años que me mudé a Embajadores.
-Pues yo cuando era pequeña vivía en el Parque de las Avenidas.
-¡Anda, mi colegio “el Menesiano “ estaba justo en ese barrio!, me animé ante tal coincidencia.
-¿Qué casualidad! También yo fui a ese colegio.
-¿De veras?
Ella, entonces procedió a saltear las setas en el aceite donde ya se estaba dorando el ajo y la cebolla picada, y añadió una pizca de sal.
Si, estudié en ese colegio hasta que empecé los estudios de administración y dirección de empresas.
Acto seguido, y tras reservar las setas, comenzó a preparar la bechamel:
Echó 3 cucharadas soperas de harina en una sartén con mantequilla. Cuando estuvo dorada fue añadiendo la leche a temperatura ambiente y no paro de remover la mezcla con una varilla.
Justo cuando comenzó a hervir añadió un poco de nuez moscada, la sal y la pimienta molida.
Después agrego las setas y siguió removiendo hasta que la mezcla quedó homogénea.
-A lo mejor hemos compartido algún profesor, dijo, clavándome la mirada de improviso.
-Quizás- entonces empecé a recitar los nombres de los profesores que recordaba y las diferentes asignaturas que habían dado.
-Mientras tanto, en un recipiente para horno fue extendiendo la pasta ya cocida a la que cubrió con la bechamel de setas, y tras echar encima queso rallado la metió en el horno a gratinar durante diez minutos.
-Bueno, mientras esperamos a que el plato esté listo ¿Qué tal si vamos al salón y brindamos con el vino que has traído por nuestro pasado en común?
Me pareció una idea excelente. Todo parecía indicar que tendríamos mil anécdotas de infancia y juventud sobre las que poder charlar y así romper el hielo.
Nos sentamos en el amplio sofá con sendas copas, y ella tras dar un sorbo a la suya dijo:
-Sabes ahora que te miro con más detenimiento tu cara me resulta familiar. A lo mejor coincidimos en algún curso.
-No creo de ser así te hubiera reconocido de inmediato. Tu belleza sencillamente es inolvidable.
-Tal vez recuerdas mejor mi nombre y apellidos, Leonor de la Fuente Salvador.
Aquel nombre se abrió paso en mi cerebro y como una maza de hierro me golpeo sin piedad.
-No puedes ser tú -balbuceé incrédulo- Yo rebautice a Leonor de la Fuente Salvador como “La Anguila”. De hecho se convirtió en el objetivo de mis más crueles burlas durante nuestros años escolares.
Ahora me resultaba imposible encontrar el menor rastro de aquella chica delgaducha, larguirucha, miope y dentona en la impresionante mujer que tenía delante, y que me sonreía maliciosamente.
-Veo por tu expresión que empiezas a recordarme- me dirigió entonces una mirada cargada de intención.
-Es que estas tan cambiada. –Conseguí decir.
-Ya ves las lentillas, la ortodoncia y un buen gimnasio hacen milagros.
La verdad es que me quede sin palabras.
La situación era francamente embarazosa. No sabía si bromear con la sorpresa que había supuesto su revelación o disculparme por todas las humillaciones a la que la había sometido en el pasado y desaparecer cuanto antes de su vista.
-Por cierto – continúo ella – ya que somos viejos conocidos. Te diré confidencialmente que estoy pensando en hacer una reestructuración en el departamento de cuentas al que tu perteneces, y creo que tu puesto debería de ser ocupado por alguien más cualificado para el mismo.
A día de hoy no creo que tengas el menor futuro en el organigrama que tengo en mente.
De pronto la alarma del horno empezó a sonar con insistencia, interrumpiendo toda su explicación, la cual me estaba costando asimilar en toda su magnitud.
Leonor entonces se levantó perezosamente, para dirigirse a la cocina. En el umbral se volvió guiñándome uno de sus preciosos ojos grises, aun añadió:
-Espero que la pasta con setas esté en su punto. Si acaso está muy caliente la podemos dejar enfriar mientras seguimos disfrutando de este entrañable reencuentro.

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