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PURÉ DE COCODRILO

de Teresa Verdú
Nueva receta
29 Octubre 2014

Como todos los años en el mes de junio, nada más terminar las clases, Javier está preparando la maleta para irse al pueblo.

Aún no ha terminado cuando entra Mamá en la habitación, y mientras le ayuda con el equipaje, le mira de reojo y empieza a hablarle:

- Como ya sabes que este año va a ser un poco diferente del resto, porque tus primos no van a ir a casa de la abuela. Como son mayores pasarán el mes de julio en Irlanda aprendiendo inglés.

Javier no entiende porqué Mamá dice “como ya sabes” pues es la primera noticia que tiene de que este año estará sólo en el pueblo con la abuela Brigi. Si le hubieran pedido opinión hubiera preferido ir a Irlanda con sus primos. Aún así no dice nada pero hace un pequeño mohín para que Mamá se de cuenta de que está enfadado.

Al día siguiente cuando bajan del coche en el pueblo su enfado es ya visible para todo el que pase por su lado. Este verano no habrá fútbol, ni baños en el río, ni excursiones nocturnas, ni ninguna de las cosas que hacen que las vacaciones sean tan divertidas.

La abuela Brigi les espera en la puerta del patio, lleva como siempre “una batita” como dice Mamá, el pelo gris recogido en una coleta y parece mucho más vieja que en Navidades. Besa a Javier con demasiada fuerza, nunca le han gustado los besos de su abuela, porque son fuertes, suenan mucho y los da demasiado cerca de la oreja.

Se le llenan los ojos de lágrimas cuando ve a Mamá y Papá subirse al coche para volver a Madrid después de haberle ayudado a colocar la ropa en el armario y los juguetes en el arcón. No quiere llorar porque ya es mayor, aunque no tanto como para ir a Irlanda, piensa con rabia, pero las lágrimas le empujan los ojos y al final consiguen resbalar por su nariz.

Sin cenar, ni decir “buenas noches” sube a la habitación y se mete bajo la colcha de la cama del primo Fran. - Si él va a estar todo el mes en Irlanda, yo me quedo con su cama- piensa con una sensación de soledad que se le agarra a la garganta como un moco gigante. No se ha quitado los zapatos, ni los pantalones y le da igual que se manchen las sábanas, lo único que quiere es volver a casa.

Javier nunca ha hablado mucho con la abuela Brigi porque ella es callada y con la casa llena de niños en verano y navidad está muy atareada como para andarse con conversaciones. Por eso a la hora del desayuno le da vergüenza toda su mala educación de la noche anterior y mientras baja las escaleras está pensando en cómo pedirle perdón.

Para su sorpresa cuando llega, la cocina está vacía y encima de la mesa hay una nota que dice:
“Javier,
Como ya eres mayor puedes prepararte solo el desayuno, yo estoy dándole de comer a las gallinas y a los cerdos, por favor cuando termines ven que quiero hablar contigo”

No sabe como sentirse, por una parte hacerse el desayuno sólo “guau” eso es importante, pero por otra parte ese “quiero hablar contigo”, eso es bronca segura. Después de lo de anoche se siente avergonzado y mientras mastica no puede parar de pensar en qué le dirá la abuela Brigi.

Al llegar al gallinero dice hola con voz muy bajita, tanto que la abuela ni se da cuenta de que ha está allí, espera pegado a la alambrada hasta que ella se da la vuelta y le ve. Está guapa la abuela Brigi cuando le sonríe.

-Ven, entra, pero con cuidado que no se escape ninguna.- dice señalando a las gallinas.

-Lo siento abuela.- Dice Javier. – No quería ser maleducado.-

- No te preocupes, entiendo que esto es nuevo para ti, y no parece muy interesante estar aquí solo sin ningún niño con el que jugar. Pero es que yo les he pedido a tus padres que no te mandaran fuera porque necesito ayuda.

- ¿Qué ayuda? – pregunta Javier intrigado.

- Mira cariño, ha aparecido un cocodrilo en el río, no sería problema si se contentara con comerse los patos que hay por allí, pero es que viene hasta aquí y mata a las gallinas. Como yo sola no puedo, quiero que me ayudes a cazarlo. – dice la abuela Brigi.

A Javier se le abren mucho los ojos, y empiezan a sudarle las manos “un cocodrilo” piensa “un cocodrilo”, ¿pero cómo vamos a cazar un cocodrilo?

La abuela Brigi lo tiene todo pensado, cuando terminan con las gallinas y los cerdos, barren el patio y riegan el huerto, se sientan en la mesa de la cocina para trazar el plan mientras toman el almuerzo.

Lo primero – dice la abuela – es salir al campo, tenemos que buscar un palo largo para que tú te metas en el agua y asustes a ese comegallinas. Vas moviendo el palo por la superficie del agua para que el bicho venga hacia donde yo estoy, y allí “zas” le estaré esperando con una red y un garrote. En cuanto se quede atrapado en la red le doy un garrotazo y listo.

Javier piensa que es peligroso, que un cocodrilo es muy grande, tiene una boca enorme y muchos dientes. Cuando se lo comenta a su abuela esta le dice que por eso le ha elegido a él, el más valiente de sus nietos, y que como además es el más listo sabrá los mejores sitios para golpear con el palo para que el cocodrilo vaya directo hacia ella.

Esa misma tarde salen al campo a buscar el palo, pero como no puede ser un palo cualquiera, tardan más de una semana en dar con uno de la longitud y el grosor adecuado.

Llevan ya dos semanas en las que las mañanas se pasan entre los animales y la huerta, y por las tardes perfeccionan el plan y se dedican buscar el mejor sitio para cazar al cocodrilo; cuando ven las primeras marcas.

- Javier, Javier – grita la abuela Brigi desde cerca de la poza- lo he descubierto, ya sé donde se esconde.

Javier llega corriendo y con el corazón golpeando bom, bom, bom, dentro de su pecho. La abuela Brigi señala la arena de cerca del río. Se ve un surco ancho y poco profundo que va de unos matorrales hacia el agua y a cada lado otro surco más estrecho y un poco más hondo.

- No pueden ser sus marcas, abuela.- dice Javier - no se ven las patas.

- No digas patochadas, el cocodrilo ha ido arrastrándose hasta el río, sin andar. La marca ancha es de su barriga y las dos más finas las que hacen las patas al deslizarse – contesta la abuela convencida.

Deciden que esa misma noche darán caza al ladrón de gallinas y van corriendo a casa a preparar todo el material.

Cuando empieza a oscurecer cenan un bocadillo de jamón y un melocotón, una cena ligera le dice la abuela, para que no les entre sueño. Inmediatamente Javier se pone los vaqueros largos y unas botas de agua, que en algún momento a alguno de sus primos se le quedaron pequeñas y las llevó allí para un por si acaso; el chubasquero que había sido del abuelo y que le cubre hasta las rodillas y un pañuelo negro en la cabeza. La abuela también se ha puesto botas de agua y chubasquero. Salen al patio, con un poco de agua del pozo hacen barro y se embadurnan la cara para que el cocodrilo no pueda verles.

Recoge la abuela una malla fina y verde y el garrote; Javier agarra su palo al que en la punta le han atado un cencerro, que apareció en la caseta de las azadas, para que el cocodrilo se asuste más y no decida volverse hacia él, sino ir directo hacia la abuela.

Llegan al río cerca de la poza y allí, tal como habían planeado, se separan. Esta es la parte más complicada del plan, Javier se coloca detrás del arbusto en el que vieron las huellas, mientras que la abuela cruza el río, extiende la malla entre dos troncos y se esconde.

Cuando la abuela hace la señal convenida con la linterna para indicar que está lista, Javier empieza a mover las ramas del arbusto con el palo, mientras que el cencerro suena exageradamente alto en medio de la noche.

De pronto nota como se mueven las hojas muy cerca, y aunque se asusta un poco, sigue moviendo el palo “tolón, tolón, tolón” el cencerro hace tanto ruido que parece imposible que no vaya a venir todo el pueblo a ver qué pasa.

Se oye el arrastre de algo muy pesado entre las ramas, Javier no pierde tiempo y comienza a moverse sin dejar de agitar el cencerro. Ve la luz de la linterna a lo lejos y piensa en que la abuela Brigi es muy enclenque para enfrentarse sola a un cocodrilo, aún así no para de mover el palo y dirigir al bicho hacia la luz.

En ningún momento ve al cocodrilo. De repente oye un grito de triunfo seguido de un golpe fortísimo, y ve a la abuela Brigi cruzar el río a pasos lentos.

- Ya está- dice cuando llega a su altura.

- Pues vamos a recogerlo- contesta Javier.

- Ahora no hijito, que estoy cansada. Vamos a casa y tomaremos leche con galletas.- responde la abuela.

Por el camino la abuela le va contando como ha visto llegar al cocodrilo, que es una bestia enorme y debe pesar al menos 500 kilos; que le ha dado con el garrote justo entre los ojos y que en el momento ha caído fulminado.

Cuando llegan a casa, ya delante de un vaso de leche, deciden que no pueden dejarlo muerto a la orilla del río porque los chicos del pueblo se asustarán cuando vayan a bañarse y además todas las alimañas de los alrededores se acercarán hasta allí para devorarlo. El cansancio llega tras el último sorbo y suben a dormir arrastrando los pies por la escalera.

A la mañana siguiente Javier se despierta tarde y oye a la abuela Brigi trastear en la cocina, remolonea un poco más entre las sábanas hasta que recuerda que tienen que ir a por el cocodrilo y se levanta de un salto.

Baja las escaleras y se encuentra a la abuela con un cuchillo enorme, la tabla y unos cubos muy verdes sobre la encimera.

- Ayúdame- dice la abuela – anoche no podía dormir y traje el cocodrilo a casa, lo he troceado haciendo estos cubos y ahora lo vamos a meter en estas bolsas para congelarlo.

- Pero... en la bolsa pone espinacas – dice Javier.

- Claro, vamos a cocinarlo, y como tu madre o tus primos se enteren de que es cocodrilo no lo van a querer. De esta manera les diremos que son espinacas y así no tenemos problema.

Entre los dos embolsan el cocodrilo entero y se reservan dos trozos grandes para la comida.

Después salen al corral a dar de comer a las gallinas y recoger los huevos, alimentar a los cerdos y arreglar la huerta. Cuando el sol está en lo alto vuelven a casa y la abuela Brigi empieza a cocinar

- Mira hijo, por cada comensal pones un cuarto de cebolla, una patata, un cubo de cocodrilo, una cucharada de aceite y vaso y medio de agua.

- ¿Y la sal? – pregunta Javier.

- Pues una pizca – contesta la abuela – Primero picas la cebolla y la fríes en el aceite hasta que esté transparente, luego echas el resto de ingredientes y lo dejas cocer hasta que la patata esté blanda. Lo pasas todo por la batidora y ya está “PURÉ DE COCODRILO”.

Si quieres que gane este relato, ¡vótalo!
3 comentarios
Gardiazabal

Entrañable y simpático. Me gusta mucho

8 Noviembre 2014
SHEYLA

Me encanta.....

18 Noviembre 2014
SHEYLA

Me encanta.....

18 Noviembre 2014