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Miedo, terror y cookies

de Jesus Torres
Nueva receta
14 Julio 2014

Era el día perfecto. Viernes por la noche, había salido pronto del trabajo y no tenía absolutamente nada que hacer. Además, estaba a punto de llover y hacía un poco de frío en la habitación, así que Cora decidió encender la chimenea. El chisporroteo de las llamas empezó a calentar poco a poco toda la casa. Pero aún faltaba algo para que la noche fuera perfecta. Unas buenas cookies de chocolate blanco y nueces.

Cora empezó a salivar solo de pensar en aquellas cookies. Menos mal que se sabía la receta de memoria de tantas y tantas veces que la había hecho, ya fueran esas u otras. Así que se puso manos a la obra. Empezó cogiendo 225 gramos de mantequilla que había en la nevera. Como no estaba a temperatura ambiente, la metió un poco en el microondas. Eso siempre le funcionaba. Cogió un bol y la batió un poco. Justo cuando acabó de batir, un escalofrió le recorrió toda la nuca. Un poco extrañada, se acercó al salón, aún a oscuras, se agachó al lado de la chimenea y echó un leño al fuego. Las chispas empezaron a bailar discordantes. Empezó a llover. No le dio importancia, así que siguió con las galletas. Lo siguiente eran 255 gramos de azúcar moreno y 255 gramos de azúcar blanco.

El blanco estaba donde siempre, en la segunda puerta del armario de arriba. Pero el azúcar moreno no lo encontraba por ningún lado. Se asomó por la ventana y vio luces en casa de su vecina. Se abrigó bien, cogió un paraguas y cruzó la calle rápido. Llamo al timbre y Elena le abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Hola Elena! Perdona que te moleste a estas horas pero, ¿tienes azúcar moreno?

-¡Sí, claro! ¿Cuánto necesitas?

-Unos 250 gramos - dijo Cora.

-Dame un minuto. A los pocos segundos, Elena había vuelto con un paquete de azúcar moreno.

-Ya me lo devolverás otro día, aunque me conformo con algo de lo que estés haciendo. ¡Corre a casa, que te vas a resfriar!

-¡Muchas gracias! Ten por seguro que algo tendrás. Gracias de nuevo - dijo Cora con una sonrisa.

Abrió el paraguas, salió disparada hacia su casa pero cuando llegó a la entrada, la puerta estaba entreabierta y el agua se había metido en la casa. De nuevo, no le dio importancia. Cerró la puerta, se quitó el abrigó, guardó el paraguas y limpió el agua. De vuelta a la cocina, pesó los azúcares y se los añadió a la mantequilla. Los mezcló bien hasta conseguir una crema. Metió el dedo en la masa y la probó. Estaba justo como ella recordaba. No sabía que era mejor, si esa mezcla maravillosa o la masa final ya terminada. Mientras terminaba de saborear esa mezcla, fue hasta la nevera a coger dos huevos.

El escalofrío volvió a aparecer, pero esta vez fue mucho más intenso que el anterior, e incluso sentía como si alguien la estuviese observando fijamente. Sintió una punzada en la nuca y se giró bruscamente. Echó una mirada hacia al salón y vio dos gotas relucientes y amarillas en el fondo. Tanteó la pared son dejar de mirar esas gotas, hasta que dio con el y lo accionó. "Cora, estás paranoica", pensó. "Solo son las farolas de la calle". Apagó la luz y volvió a la cocina, pero con una intranquilidad anormal en ella. Cascó los huevos y los batió bien. Buscó la vainilla, y le añadió una cucharadita, aunque a ella le gustaba mucho y le añadió un poco más. Total, qué más da.

Después una pizca de sal y batió bien esta mezcla. Solo faltaba la harina, el chocolate y las nueces, así que se dirigió a la despensa para buscarlos. Cogió 400 gr de harina, 150 gr de pepitas de chocolate blanco, que había reservado para una ocasión especial, ya que su hermana se las había traído de Estados Unidos y, por qué no, un día es un día. Y por último, 150 gr de nueces. ¡Ah! Y el bicarbonato, que se le olvidaba. Pero recordó que lo tenía en la cocina y volvió. Fue llegar a la puerta, y casi se le cae todo. La cocina estaba completamente desordenada, había azúcar por todas partes, los cacharos de la cocina desperdigados por el suelo, todas las puertas de los armarios y todos los cajones estaban abiertos de par en par, Pero no podía ser. Cuando se fue, todo estaba en orden.

Cuando estaba en la despensa, no oyó ningún ruido. Estaba algo asustada, pero, de nuevo, no le volvió a dar mucha importancia...o casi. Volvió al bol de las galletas, le añadió la harina y el bicarbonato y mezcló bien con una cuchara de madera, hasta conseguir una masa perfecta. Ya olía a galletas. Se giró para encender el horno a 180ºC y en el reflejo del cristal, allí estaban otra vez: esas gotas amarillas, pero no estaban en el mismo lugar de antes. Un relámpago cruzó el cielo y las farolas se apagaron. Asustada, dio un respingo y se giró rápidamente. Ya no había nada. Troceó rápidamente el chocolate y las nueces en trozos pequeños, se los añadió a la masa, mezcló tan rápido como pudo, y con una cuchara para helados, sobre una lata de horno con papel de horno, fue colocando bolas de masa. Metió las cookies en el horno ya caliente y cerró la puerta del un golpazo. Cogió su móvil para temporizar unos 10-12 minutos.

Fueron los minutos más largos de su vida. Miraba de acá para allá, buscando al posible culpable de todo ese caos que estaba viviendo. Pero nada. ¡Beep, beep! !Beep, beep! El móvil sonaba. Las cookies ya estaban listas. Se enfundó los guantes, apagó el horno, y sacó las cookies del horno. Un olor dulzón empezó a inundar toda la casa. La tensión desapareció unos instantes y se dejó embriagar por ese olor tan placentero. Sacó las cookies de la bandeja y las dejó en una rejilla para que se enfriaran, aunque si por ella fuera, se las comía calientes ahí mismo. Pero decidió esperar.

Volvió al salón para relajarse un rato. Quitó la manta del sofá y se acurrucó en una esquina. El fuego bailaba en la chimenea, y chisporroteaba de vez en cuando. De repente, esa sensación otra vez. Ese escalofrío que ya le resultaba tan familiar, esa mirada punzante en la nuca, pero ahora sentía algo más. Una respiración lenta, un aliento caliente y frío a la vez, susurrante. Se giró, y entonces lo vió, con esos ojos amarillos, penetrantes, impasibles. Le temblaban todos los huesos del cuerpo. Quería gritar, pero no podía. Quería correr, pero no reaccionaba. El corazón le iba a mil por hora. "¡Miaaaaaaaaaaaau!" Encendió la lamparita más próxima y ahí estaba, subido encima de la mesa, con sus enormes ojos amarillos: Sombra, el gato de Elena. Cora suspiró profundamente, sus nervios se calmaron y volvió a respirar tranquila. Se levantó, cogió al gato y lo empezó a acariciar dulcemente. Sombra empezó a ronronear. El miedo desapareció por completo. Estuvo a punto de quedarse dormida en el sofá, pero un ruido en la cocina la perturbó. Dirigió la mirada hacia donde estaba la cocina y otra vez estaban ahí: esas gotas amarillas resplandecientes. Las farolas estaban apagadas, Sombra estaba en su regazo. Un relámpago cruzó el cielo y entonces la vio. Era Elena. FIN

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