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La vida de "les farinetes"

de Sergi Navarro
Nueva receta
10 Agosto 2014

Empezó a bostezar, y a despertar después de un largo periodo de hibernación. Escuchaba -despierta que ya va siendo hora de que abras los ojos- decía su madre. En esos minutos de pereza, conseguí saber quién era, era un grano de trigo. Me encontraba colgado de una rama y aún no sabía muy bien que era. -Es una espiga hijo- decía mi madre. Una vez ya había vuelto en sí, empecé a reconocer todos los objetos que había a mi alrededor. Entablé conversaciones con mis hermanos, tenía muchos, puesto que todos juntos formábamos una espiga. Aguantando el calor durante largas horas al día, tenía ganas de que llegara la noche para refrescar y que cayera la serena, y así poder dormir un poco. Alguna vez, los días de tormenta empezaba a llover y nos refrescábamos, y la espera se hacía menos tensa. Con el paso del tiempo fui, creciendo, y ya pude ver a todos los miembros que había alrededor. Cada espiga era una familia, y todas juntas formábamos un campo de trigo. Algunas veces veía a personas que cogían algún grano de trigo para saber si estaban maduros para la recolección. Eso me lo contaba mi madre. Una vez estuvimos a punto, vi una gran máquina que empezaba a comerse todas las espigas. Era una fiesta y todos estaban esperando a que llegase el gran día. Parecía una montaña rusa, arriba y abajo, derecha e izquierda, hasta que al final caías al vacío, pero la caída era placentera y cómoda al estar rodeado del resto de hermanos, todos reíamos y disfrutábamos del momento. Con un poco de timidez, sin saber que iba a ser de mi, llegamos a un barril muy grande. Allí conseguí ver a mi madre y a mis hermanos. Nos encontrábamos muy fresquitos, puesto que no había nada de sol que nos pudiese acechar. Era como una orgía, todos con un taparrabos, juntitos unos de otros, alegres y divertidos. Hasta que llegó el momento de quitarnos lo y quedarnos desnudos. Y después ya nos convertiríamos en harina. Una vez convertidos en harina, nos metían en sacos de 50 kilos cada uno. Me separé de mi madre y de mis hermanos, pero no fue un proceso costoso, ya que ya había entrado en la edad adulta. Nos trasladaron con un camión y se detuvo en una tienda. Allí descargaron el saco de harina, que posteriormente sería vendido en porciones pequeñas. Después de esto me dormí durante un largo periodo de tiempo. Cuando desperté escuchaba voces, gritos, no conseguía entender que pasaba. Me encontraba en un tarro de cristal, aturdido aún sin saber que me iba a ocurrir. Llovía a cantaros aquél día, pude entender las voces de una familia, hablaban entre ellos, y estaban preocupados por si se inundaba la casa. Pronto me di cuenta de que iban a cocinar un plato típico de Valencia - "les farinetes". La madre puso en una sartén aceite, tomate, ajos tiernos y bacalao. Lo frió a fuego lento. Una vez estuvo todo bien frito añadió un poquito de pimentón dulce, lo removió todo junto y después añadió cuatro cucharadas de harina. Se terminó de freír todo junto, y finalmente añadió agua fría. Empezó a remover lentamente, hasta que se formó una masa espesa y uniforme. Una vez estaba todo listo, pusieron la sartén en medio de mesa, sacaron un plato de cebolla partida en cuatro trozos, cogían una cáscara de cebolla, que se utilizaba como cuchara hasta que llegaba a la boca, y así sucesivamente empezaron a comer. Y hasta aquí puedo contar, puesto que a estas alturas ya estaré en algún estomago haciendo la digestión. Pero lo más probable que sucediera sería, una vez hecha la digestión, con todos los jugos gástricos haciendo su función, una explosión química y radioactiva, en el estómago, me convertiría en mierda, que posteriormente sería cagada, y arrastrada hasta el fin de los días. Después de este largo camino, entraría en una gran balsa, donde sería reciclado, posteriormente me echarían al campo de trigo y a su vez serviría de abono, donde finalmente volvería a nacer, y empezaría el ciclo de la vida.

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