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HUEVOS PASADOS POR AGUA

de PILAR GARDIAZABAL
Nueva receta
22 Septiembre 2014

-Hijas mías; los huevos pasados por agua son, en su sencillez, un manjar exquisito. Lo mismo deleita el paladar de un mendigo que el del mismo Felipe II.

Dijo esto la Madre Teresa delante del hogar, donde crepitaba un alegre fuego, sobre el que se erguía una olla preñada de esperanza: albergaba en su vientre el prodigio de 13 huevos sumergidos en agua, y a los que Teresa no quitaba ojo, esperando que rompiesen a hervir. Rodeándola esperaban también sus 12 monjas, siempre pendientes de sus palabras, que lo mismo daba que hablase de Dios, que de hortalizas, pucheros o lo que fuera: ella todo lo sabía.

- Descubran –continuó- la mano de Dios en esta maravilla, pues de algo tan humilde se hace un plato propio de reyes: agua en un caldero, un huevo (o los que fuese menester), y una pizca de sal en el agua para evitar que la cáscara se rompa cuando comiencen a hervir. Con el tiempo justo de cocción, y mezclando sus interioridades se crea una crema de una untuosidad delicadísima, y sin sebos, ni grasas animales, ni aceites, ni mantecas. Que tengo para mí, que tales menjurjes no han de ser buenos para los humores del cuerpo humano.

- Madre Teresa –interrumpió la Hermana Inocencia- yo una vez comí un huevo frito, y estaba buenísimo. Tal placer experimenté, que hasta me confesé por si acaso hubiese pecado.

Teresa y las otras hermanas apenas disimularon sus risas. Era frecuente que la Hermana Inocencia dijese cosas así, porque era natural, y decía lo que se le venía a la cabeza. Sus hermanas sabían que era más inocente que su propio nombre. Nombre que le dio Teresa cuando la Hermana Inocencia pronunció sus votos para dedicar su vida al servicio del Señor. Había fundado Teresa este pequeño convento de San José escogiendo muy bien a sus monjas, que debían estar dispuestas a despojarse de bienes terrenales. No habría diferencias entre pobres y ricas, como en la Encarnación, pues ahora todas serían pobres. Algunas damas de alta cuna se entregaron con total entereza a esta causa, y, casi a escondidas, se ofrecieron para formar parte de esta nueva aventura de Teresa y con Teresa. A Inocencia, sin embargo, fue la propia Teresa quién la buscó, que a ella jamás se le hubiese ocurrido, y mucho menos se hubiese atrevido a solicitar semejante privilegio. Inocencia y su familia mendigaban por los alrededores del Convento de la Encarnación.

Muchas damas nobles habían profesado para monjas, (la misma Teresa era una de ellas), pero mantenían los mismos privilegios que si vivieran “en el siglo”. Disfrutaban, incluso, de criadas atendiéndolas en sus celdas. Familiares y amigos acudían a visitarlas, y ellas les recibían igual que si vivieran en sus palacios. Por tanto, el entorno del convento estaba lleno de gentes, ejerciendo la mendicidad, prediciendo el futuro o vendiendo afeites, cosméticos y pomadas sanadoras. Teresa se había fijado en esta muchacha que no gustaba de alargar la mano para pedir y que con frecuencia entraba en Iglesia, pasando mucho tiempo en absoluto recogimiento. Imaginaba Teresa que rezaba. Más adelante supo que no.

La misma Inocencia le confesó que no rezaba, porque no sabía. Era incapaz de aprender esos latinajos tan raros de las oraciones, pero le gustaba estar en la Iglesia porque le parecía un lugar hermoso. Lo cierto es que la Iglesia era un refugio para los rigores del eterno invierno abulense, y para mantenerse a recaudo de maleantes, beodos y bribones, que tanto abundaban. Le pareció a Teresa que esta era señal inequívoca de que la muchacha debía formar parte de su congregación, que Dios quería almas sinceras, bondadosas y simples, pues entre los 12 apóstoles de Jesús apenas hubo letrados. Inocencia no dudó en unirse a esta causa, por más que no supiese exactamente en qué consistía.

- No es pecado comer, Hermana, sino necesidad. Otra cosa es la gula –explicó la madre Teresa.

- Es que yo peco de gula, Reverenda Madre Todas rompieron en una carcajada que intentaban ahogar, - no era de buen gusto la risa sonora-. Comprensibles tales risas: la hambruna de sus antepasados hizo a Inocencia tan enclenque y raquítica que parecía un pajarillo. - No se rían Sus Mercedes –continúo Inocencia- que servidora no come más porque no puede. Pero me comería una despensa entera.

- La nuestra bien la podríais comer sin caer en la gula: está casi vacía –terció otra Hermana

- ¿He de recordar a Vuestras Caridades que hicimos votos de pobreza? –amonestó la priora. - Y bien que los cumplimos –opinó otra monja. - ¡Que revoltosas están hoy, Hermanas!

- No lo tome a mal, Madre, son pequeñas bromas de estas pobres monjas. Somos inmensamente felices aquí.

- ¡Yo la que más! –dijo Inocencia- que si no fuera por Vuestra Merced estaría criando malvas, o malcriando criaturas.

Todas rieron de nuevo. Todas querían a la Hermana Inocencia. Cuando entró en el humilde convento de San José, la propia Teresa se encargó de enseñarle las letras, costándole tiempo y paciencia conseguir que las aprendiera. En castellano se defendía. ¡Pero hay los latines! Solo logró responder las letanías del rosario,- Ora pro nobis-. Para calmar su desazón, Teresa le dijo que a Dios no le importaba, que le contase de corazón todo cuanto quería decirle, que a Él le bastaría. Y eso hacía. Pero le parecía poco, y decidió atribuirse los trabajos más duros e ingratos para ofrecérselos al Señor, porque entendía que era la mejor manera de compensar el ser tan dura de mollera y no poder dirigirse al propio Dios como Dios manda.

- Como antes decía –continuó explicando Teresa- esta comida es sabrosa y contundente como la que más. Que es el huevo una de las mejores creaciones de Nuestro Señor; pues contribuye al fortalecimiento del cuerpo tanto, o más, que la carne. Y las aves nos lo ofrecen gustosas, sin sufrir por ello ningún mal, ni daño alguno. Además es barato, y aunque sea muy del gusto de nobles paladares, también los pobres nos lo podemos permitir. Que los huevos igualan a pobres y a ricos, lo mismo que ha de ocurrir en el Reino de los Cielos.

- Madre Superiora ¿Qué fue antes: el huevo o la gallina? –preguntó una monja-

- He aquí una de las grandes incógnitas de la Humanidad –respondió Teresa-

- ¡La gallina! –indicó rápidamente la Hermana Inocencia- está clarísimo.

- Explíquese, Hermana -invitó Teresa- maravíllame que tenga respuesta a este gran enigma.

- Muy sencillo; la Biblia dice que al quinto día Dios creó los animales, o sea; que el quinto día creó la gallina, pero no hay ningún día que diga que Dios creó los huevos.

- Acertada deducción, Hermana. He de ocuparme que el mundo entero lo sepa. Miraron las carmelitas con admiración a Inocencia, y ella se sintió orgullosa, pero quiso despojarse de ese sentimiento, que no era bueno sentir orgullo.

- Lo más importante de este sencillo manjar es el tiempo de cocción, que debe ser el adecuado. Si nos quedamos cortas, el huevo queda crudo, y si nos pasamos, duro. Así pues, un plato sencillo, pero que no todo el mundo consigue elaborar acertadamente.

- ¿Y cuánto tiempo han de estar hirviendo los huevos para que queden perfectos?

- Los huevos deben de estar cociendo el tiempo justo que tardamos en rezar el Credo. Quedaron las monjas boquiabiertas. Hasta en lo más sencillo, su priora no dejaba de sorprenderlas.

- Lo he dicho mil veces, hermanas: Dios está entre los pucheros. La Hermana Inocencia olvidó su incipiente orgullo. Era el castigo del Todopoderoso por haberlo sentido. Ella no sabía rezar el Credo. Era una simple, una bruta. Ni siquiera podría preparar unos huevos pasados por agua.

- Hemos de rezar esta oración con el ritmo adecuado, con la pronunciación precisa, sin correr, pensando que cada una de nuestras palabras se la regalamos al Señor.

- ¡Apañada estoy! –murmuró en un suspiro la Hermana Inocencia. Nadie rio. La pobre hermana estaba ruborizada por la vergüenza, y hacía verdaderos esfuerzos para que no se le escapasen las lágrimas. Teresa se apiadó de ella.

- Vamos; Hermana Inocencia, no os entristezcáis. Aquí están vuestras hermanas para rezar. Vos haréis como siempre, os dirigiréis a Él con toda vuestra dedicación, que es mucha, y que a Él tanto agrada.

- ¿De veras creéis que no Le importa?

- Por muy seguro lo tengo, que Dios está en todas partes, no solo en los latines. Y ahora Hermanas les volveré la espalda y contemplaré el puchero, que el agua está ya a punto de hervir. Cuando vean que levanto mi mano derecha comiencen todas a rezar el Credo. Quedó la superiora de espalda a sus monjas, observando atentamente el puchero, el agua y los huevos. Rompió a hervir el agua, y ella alzó su mano al cielo, y todas iniciaron su rezo, guiadas por la contundente voz de la Madre Teresa: “Credo in unum Deum, (…)Et venturi saéculi. Amén” Y al decir amén, la Priora sacó los huevos de la olla, todos a la vez, pues había tenido la precaución de depositarlos en un cestillo de mimbres, de cuya asa tiró, extrayéndolos del caldero. Que si no, los primeros quedarían buenos, pero no los últimos. Y los fue repartiendo en las escudillas de sus monjas. Se sentaron a la mesa y Teresa advirtió:

- Será prudente sujetar el huevo con la servilleta, que están muy calientes –ella misma lo hizo, y las demás la imitaron- ahora quebramos la cáscara por un extremo, y la retiramos tan solo por aquí, haciendo una pequeña abertura. No ha de ser ni muy grande, pues el huevo se nos escaparía, ni muy pequeña, ya que no podríamos introducir la cucharilla. Añadimos, si lo deseamos, unos granos de sal. Yo no lo haré, pero puede hacerlo la que quiera, que así estará más sabroso. Algunas – pocas- lo hicieron. Solían tomarla como ejemplo en todo.

- Y ahora –continuó Teresa- metemos la cucharilla y mezclamos bien la clara con la yema. No golpeen con mucha fricción la cáscara, que, aunque ha endurecido, es de naturaleza frágil. Ya podemos comerlo, Hermanas. Bendice Señor estos alimentos.

- Amén.

- ¿Cómo hemos de comerlo, Madre? Yo no sé – la Hermana Inocencia estaba temerosa de seguir haciendo las cosas mal, por mucho que siempre la disculpase su Priora.

- Hay, en efecto, dos formas de tomar este alimento: comido o bebido, que hasta en esto es completo. Podemos comerlo con la cucharilla. Así prolongaremos su duración y lo saborearemos largo rato. O bien podemos sorberlo por la abertura. Y será como bebernos el huevo, pero se acabará en un santiamén. Que cada cual lo haga como guste. Optaron las 13 mujeres por utilizar el cubierto. Les supo el huevo a gloria bendita. Y como la Gloria -Gloria Patri, et Fili, et Spiritui Sancto, Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saeccula saeculorum, amen- fue muy breve. La Hermana Inocencia cavilaba que los huevos pasados por agua se hacían ocultamente, sin que nadie pudiera ver qué pasaba dentro. Como si fueran huevos en clausura, igual que ellas. ¡Con lo fácil que resultaba cocinar a la vista!; mirando el color, la espesura, probando el sabor, aspirando el aroma… sin tener que saber esos latines del demonio. Huy, ¡perdón!, de Dios, pero Jesús no hablaba en latín, que caray. Pensó en hacer algún guiso –a la vista y sin latín- con qué poder regalar a la Madre Teresa que tanto la cuidaba. Y decidió que, como los huevos eran tan del gusto de su priora, ella concebiría un platillo que llevase huevos, (si era capaz de conseguir más de uno). Y lo cocinaría sin aceites ni mantecas, que no eran del gusto de la Fundadora, además de escasear en el convento. Sería sencillo; quizá con azúcar… ¡No podía imaginar lo famosísimas que llegarían a ser sus Yemas! Pero esta ya…. Es otra receta Amén

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6 comentarios
juanantoniolorenzo

Muy divertido y muy instructivo

24 Septiembre 2014
EKYNIDAD

A parte de la receta que esta genial, ya en mi casa es como se hacían los huevos pasados por agua( rezando el credo pero en castelleano), la historia me ha resultado de lo mas graciosa y entretenida, vamos que por mi le daba el premio

1 Octubre 2014
Pedrito

Genial. Historia y entretenimiento a través de una sencilla receta. Muy original y muy bien narrado. Entrañable

2 Octubre 2014
ZAFRA

Una historia muy bonita.

10 Octubre 2014
luciav

Estupenda receta y mejor narrado , genial. La mejor

16 Noviembre 2014
luciav

Estupenda receta y fenomenal la narración, entretenida y divertida de nuestra santa.

16 Noviembre 2014