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Ensalada de patatas

de Raül Vaca
Nueva receta
22 Septiembre 2014

Esta noche le tocaba a Timoty hacer la cena pero, como siempre, no tenía ganas, se sentía incapaz, odiaba exponer su torpeza. Desde el ojo de buey se veía la Tierra diminuta como una canica, azul y blanca y color arena, apacible. Las cosas, en ocasiones, nada tienen que ver con su apariencia, dijo Timoty mientras extraía del cajón dos zanahorias, la cebolleta, los dos tomates y las cinco patatas más grandes que había. Se refería a un pez extinto que fingía ser planta. Antes de que pudiera proseguir Sara lo interrumpió: Las personas tampoco, y se sentó en un sillón oyendo sin escuchar cómo Timoty pelaba las patatas y las zanahorias, alejada y silenciosa igual que el planeta del que acababa de regresar. A veces le pasaba, las exploraciones eran duras.

Al fin y al cabo ellos, Timoty y Leandro y Bai, solo eran científicos, especímenes de laboratorio. Se quedaban parapetados por sus probetas mientras ella se calzaba una escafandra y salía en busca de las muestras para analizar, aire, agua, tierra, lodo. Tardaba dos o tres días en volver, llevaba los tubos y viales al departamento de análisis, se daba una ducha larga y caliente, cerraba los ojos con el agua desbaratando su melena oscura, trataba de que las imágenes que se agolpaban en su cabeza desaparecieran, desiertos fuera, soledades fuera, ciudades enteras abandonadas y playas solitarias fuera, al diablo todos, dejadme en paz. Entonces se pasaba unos días tratando de aparentar calma, aburrimiento, intentaba que no se transparentara su impaciencia por los resultados, y qué, Leandro, ¿han mejorado los niveles?, y Leandro, no, Sara, los niveles oscilan en los mismos parámetros; y se iba a Bai, lo abordaba, como si este le debiera una antigua deuda y quisiera cobrarla en ese mismo instante, cómo van tus cultivos, Bai, y Bai se subía las gafas de montura negra que resbalaban por su estrecha y sudorosa nariz, Sara, crear por ingeniería genética bacterias que coman contaminación, desechen compost nutritivo y además no maten al hombre de una plaga, no es moco de pavo. Y lo decía con cierta irritación de artista arrancado de sus musas, atormentado por la página en blanco o el pilar de mármol que quiere ser un cisne.

Timoty introdujo las patatas y las zanahorias enteras en una olla con agua. Tenían que hervir unos veinte minutos. Tal vez más. Aprovechó la misma olla para cocer dos huevos, que debía retirar dentro de cinco minutos. Añadió una cucharada de sal. La sal era el único producto de procedencia estrictamente terrestre, sus propiedades impedían que gérmenes y otros seres unicelulares habitaran en ella, y resultaba fácil descontaminarla. El resto de ingredientes procedían de cultivos hidropónicos. Timoty era el jefe de abastecimiento, y entre sus funciones constaban la supervisión y control de este tipo de cultivo alimentario. Los campos parecían sacados de las fantasías oníricas de un agricultor tarado. Se trataba del único lugar de la nave nodriza donde había gravedad cero. Las hortalizas y tubérculos campaban a sus anchas en una entrópica danza lenta y sosegada; sus raíces pendían en el aire como muñecas desgreñadas, apartando con sus largos y finos dedos las sustanciosas humedades donde se mecían. Timoty se sentó junto a Sara. La mujer no dejaba de mirar por la escotilla. Realmente el planeta resultaba hermoso, acogedor lo mismo que una cuna. Timoty acarició la cintura de Sara y se estrechó contra ella delicadamente. Estoy aquí, contigo, eso significaba el gesto tierno y el callar respetuoso.

Conocía a Sara y era mejor no preguntarle, darle tiempo para que andara sus propios vericuetos. Normalmente tardaba lo suyo, pero hoy el pellizco debía de ser mayor que otras veces. -Me desvié -empezó a relatar-. En esta expedición debía tomar muestras de Francia y Suiza. Esas eran las órdenes del coronel, la petición del departamento de ecología. Pero me desvié, no pude evitarlo. Estaba a cuánto, ¿a mil millas de mi casa? No sabía si tendría suficiente combustible, un viaje de ida y otro de vuelta. Pero no me importó. Sé que debía importarme, porque parecía un suicidio: podía quedarme sin reservas en mitad de la nada, a cientos de millas de lo que fue zona francófona. ¿Y si hubiera ocurrido eso? ¿Y si la señal de socorro de mi nave no hubiese funcionado? Hubo una breve pausa.

¿Qué más daba todo, los peligros sorteados y las posibilidades nunca hechas realidad? Allí estaba ella, sana, indemne, para qué preocuparse de lo nunca acontecido. No es más que un miedo inconsciente, aplazado, pensó Timoty, que ahora reclama su peaje (todos los miedos tienen multas, impuestos que atender). -¿Viste tu casa? -La vi. Es curioso, porque... Los huevos ya estarían cocidos. Odiaba interrumpirla; ella no solía ser susceptible, pero se veía más vulnerable de lo normal. Lo siento, lo siento, ahora me sigues contando, y Sara, sí, sí, no te preocupes, cruzó las piernas y volvió a mirar la Tierra por la escotilla, como quien se encuentra en una jaula y mira un león, no puedes hacerme daño, pensaba quizá, pero tampoco puedes salvarme. Timoty regresó inmediatamente, las yemas de los dedos enrojecidas, no sé por qué me encargáis a mí la cena. Sara le acarició la mano, se llevó la punta de los dedos de él a la boca, lamió las falanges.

El agua seguía hirviendo. -Te decía que es curioso: volví a mi barrio y me sentí una extraña, las calles tan deshabitadas, ya no quedan ni cadáveres. El sol brillaba como en la temporada de verano, cuando teníamos vacaciones y pasábamos el día en la piscina. Aterricé la nave en la azotea, y debo de ser tonta, porque esperaba que la piscina estuviera llena, azul y brillante como entonces. Pero solo el viento, los árboles reducidos a carbón, los coches en mitad de la carretera, en mitad de las aceras. Y lo peor es que ni siquiera pude entrar en mi piso, la vivienda de mi familia, porque no conservo las llaves -Sara se detuvo unos segundos, miraba el suelo, tomó aire, tragó saliva-. Una extranjera, una repudiada. Así me sentí.

Timoty la estrechó contra él de nuevo. ¿Qué podía decirle? Todos los habitantes de las colonias exoterrestres habían perdido familiares, amigos, lugares, como los refugiados de los antiguos conflictos bélicos y políticos de los siglos XX y XXI, algo parecido, así de terrible. Tocaron a la puerta. Timoty abrió a Leandro y Bai. ¿Cómo va esa cena? Tenía ahora que sacar las patatas y las zanahorias del fuego y enfriarlas con hidrógeno (lo habría hecho con agua fría, pero era un bien escaso). No cabían todos los comensales en la diminuta cocina. Leandro fue a hacer compañía a Sara; Bai se quedó con Timoty, que comenzó a cortar todos los ingredientes en pedazos más o menos iguales. Está rara. Todos los exploradores regresan taciturnos, con una especie de puchero bullendo en su interior. Bai extrajo de una bolsa cuatro peras. Son para el postre, dijo. Sabía que Timoty se preocupaba por Sara, aunque no lo confesara; ellos, Leandro y Bai, también lo hacían a su modo, la situación era jodida para cualquier ser humano de las colonias, todos intentaban afrontarlo de la mejor manera, al menos los exploradores tenían la suerte de disfrutar de reconocimientos psicológicos para que pudieran hablar de sus incursiones, eso ya era más que lo que tenían los científicos. Qué más quería Sara, qué podía hacer él, Bai, o nadie, sino por uno mismo, trabajar y no pensar, dormir y no soñar.

Timoty colocó las hortalizas y los huevos en una fuente, les echó un poco de sal. ¡Comemos en un minuto!, dijo alzando la voz, no mucho, solo para que Sara y Leandro se dieran por enterados. Este se plantó en la cocina casi de un salto, se me olvidaba, dijo, y de una bolsita extrajo unas hojas de perejil y cilantro, un limón. -No sé de dónde demonios sacas eso -dijo Timoty conteniendo una sonrisa de admiración-. Soy el jefe de abastecimiento, llevo el control de todos los comestibles de las colonias: en los cultivos hidropónicos no hay hierbas aromáticas. -No, pero yo soy el jefe de descontaminación -replicó Leandro encantado de haber captado el interés general-, y con estas manitas soy capaz de hacer fértil la tierra yerma, igual que un dios. Igual que un dios, igual que un dios, igual que un dios...

Sara se había aproximado a sus compañeros con las manos a la espalda. Tuvo que quedarse en el umbral de la cocina. -Os gano -dijo con una sonrisa triste y enseñó una botella de aceite de oliva, un tesoro hallado en la reciente expedición. Había pocos placeres en las inacabables obligaciones de su vida actual. Cenar entre amigos una ensalada de patatas aderezada con perejil, cilantro, limón y aceite resultaba, sin duda, una rareza. La velada transcurrió agradable y serena, ácida a veces gracias a las anécdotas de Bai, amarga por las noticias de Leandro sobre los niveles de polución, dulce por la presencia de Timoty... -¿Se lo digo ya? -Decirme el qué -se interesó Sara. -Estamos haciendo avances con las bacterias -reveló Bai y los ojos de Sara se abrieron, redondos, su cuello se tensó-. Dentro de unos cinco o siete años las podremos tener listas, diez a lo sumo. Después habrá que implantarlas en la Tierra y esperar a que hagan su trabajo. -¿Cuánto? -Unos ochenta años. A partir de ahí podremos replantar y reintroducir a los animales. -Conservamos -intervino Leandro- flora y fauna suficiente para reconstruir parcialmente ecosistemas tropicales, mediterráneos y meriodionales. En unos doscientos años todo el proceso estará listo y los humanos podremos regresar a la Tierra.

Sara sintió una mancha helada expandirse por su tórax, una lucha de espadas, un arañazo y un eclipse y un vértigo. Le estaban comunicando, como si tuviera que alegrarse, que, con suerte, sus bisnietos tendrían una huerta en algún lugar de Europa o Asia y podrían hacer ensalada de patatas plantándolas, en lugar de dejarlas flotar con las raíces al aire. ¿Y ella? ¿Qué sería entonces de ella y de los restos de su antiguo hogar y de las vacaciones en la playa que se tenía prometidas y de empezar todo de nuevo aunque nada fuera lo mismo? Miró otra vez por el ojo de buey. Sentía sobre su rostro los ojos penetrantes de sus compañeros, callados de repente, disipado su entusiasmo. No iba a llorar. Las lágrimas no sirven de nada, se riñó, ni siquiera para aderezar ensaladas de patatas. La Tierra tenía la forma y el color y el tamaño de los globos terráqueos del colegio, de cuando era pequeña y aún creía en las apariencias.

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