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El secreto de Piedra Escrita

de Elena Muñoz
Nueva receta
13 Noviembre 2014

El agua golpeaba los cristales del coche con tanta furia que Elsa temía que se rompieran en algún momento. Desde que había dejado la carretera principal se lamentaba sin parar de su decisión. Avanzando a duras penas por aquel camino embarrado su estado de rabia no hacía más que aumentar.
El mensaje había sido escueto y las circunstancias favorables. Aquel día se había arrastrado desde la cama hasta la cocina para tomar un café muy cargado cuando sonó el teléfono. Era Lidia. No podía soportar esa catarata de optimismo sobre su debilitado estado, dio media vuelta pero recordó que no había contestado a las últimas tres llamadas. Respiró hondo y descolgó:
- Dime
- Dime tu –le recriminó Lidia-llevo un día detrás de ti, ahora mismo voy a tu casa
- No, no, no- le suplicó-. Lidia era capaz de meterla en la ducha, vestirla y sacarla a rastras.
- Pues ven tú, mañana me voy a los Pirineos, sabes que esa casa está llena de gente siempre, pasarás desapercibida, te vendrá bien
- No puedo, tengo que elaborar el duelo

Lidia se echó a reir con tal fuerza que Elsa tuvo que separarse el teléfono del oído.

- Esa es buena, llevas semanas elaborando el duelo, lo que estás haciendo se llama compadecerte.
- Pero yo le quería
- No empecemos con los dramas, tú creías que le querías, te ha hecho un favor.
- ¡Se ha ido con otra!- exclamó Elsa entre soñozos.
- Mira Elsa -comenzó Lidia con toda la ternura de la que fue capaz- las cosas suceden y no sabemos por qué, te prometo que algún día lo averiguarás pero no podrá venir nada bueno si no dejas que llegue. Y pasándote las vacaciones de navidad con un paquete de clínex en la mano te aseguro que no cambiarán las cosas. Pasaré a buscarte mañana.
Elsa sabía que su amiga actuaba de corazón pero no podía soportar la idea de verse rodeada de gente feliz intercambiando regalos. No sabía cómo escapar. Entonces su mirada se detuvo en el portátil.
- Gracias Lidia, te lo agradezco pero ya tengo plan para las vacaciones. Recibí un mail de Rosa, mi tía, me dijo que era urgente y que necesitaba que fuera
- Pero si no la ves desde…
- Sí, desde hace años pero ha insistido mucho.
Lo cierto es que Elsa había leído el mail entre líneas y ni siquiera había contestado, tenía pendiente darle una excusa pero ahora, ante la insistencia de Lidia por sacarla de casa, lo había considerado como una escapatoria necesaria.
La casa de Rosa estaba al final de un sendero que desaparecía entre los árboles. Rosa regentaba un café, “La piedra escrita” donde se servían las mejores magdalenas que había probado nunca. El recuerdo le llevó a sentir el olor del café recién hecho y la textura del bizcocho al saborearlo en la boca. Recordó el trasiego de gente que se sentaba y elegía cuidadosamente su magdalena según su estado de ánimo. Rosa les servía con tanta dulzura como sus bollos y algo mágico sucedía entonces.
Sonrió al recordarlo y entonces detrás de la cortina de lluvia apareció la casa. Se bajó corriendo sacando a duras penas la maleta intentando sin éxito zafarse del barro que pisaba. En el porche se quitó los zapatos y entonces recordó que eso era lo que Rosa hacía siempre cuando volvía a casa.
Abrió y empujó la puerta. Por un momento su corazón se sintió confortado, detrás de su apariencia de adulta entraba una niña sola y asustada que reconoció inmediatamente la estancia, los olores, el calor. Seguía habiendo flores adornando la mesa, las brasas aguardaban adormecidas en la chimenea, las mantas en el sofá dispuestas para arrullar. Todo parecía que se había confabulado para el consuelo.
Pero la cabeza llevaba tiempo sin incordiar y entonces un pensamiento serpenteó hasta hacerse consciente. Cogió el móvil para ver si había algún mensaje con la esperanza de que el príncipe volviera para rescatarla. Vio que tenía un wassap y lo abrió con un nudo en la garganta esperando que fuera… No, era Lidia y una foto con el monitor de ski. A punto estaba de derrumbarse en el sofá cuando una voz la devolvió a la realidad.
- ¡Ya has llegado!
Rosa estaba exactamente igual a cómo la recordaba. Hacía años que no la veía y sin embargo sintió como si volviese a un lugar conocido. Se echó a llorar como una niña pequeña. Su tía la acogió sin decir una palabra, la acompañó a la mesita del salón y la invitó a sentarse. Se fue a la cocina y la estancia se llenó de ese olor tan conocido, tan recordado. Volvió con una fuente de magdalenas y dos tazas de café humeante. Y Elsa, sin más, entre sollozos relató a Rosa sus últimos meses, el distanciamiento de él, las dudas de ella, la confesión final de él y la pena de ella.
Cuando terminó, Rosa le pidió permiso para contarle un cuento que decía así:
“Érase una vez una princesa que vivía en un castillo con un maravilloso príncipe. Un día, el príncipe se despidió de la princesa porque tenía que salir en busca de dragones. La princesa esperaba su regreso pacientemente asomada a la torre. Así fueron transcurriendo los días, las semanas, los meses hasta que una mañana por las escaleras ascendió un olor delicioso, cálido y dulce. La princesa tenía miedo de perderse la llegada del príncipe, pero le pudo la curiosidad y descendió hasta las cocinas del castillo. Allí entre risas se preparaban las magdalenas más apetecibles que había visto jamás. Se llevó una a la boca y una vez que la había saboreado se olvidó del príncipe.”
Elsa se quedo expectante, no sabía si el cuento ya había concluido:
- Tía rosa , ¿qué significa eso? ¿qué tiene que ver conmigo?
- Que dejes de asomarte a la torre y disfrutes mis magdalenas- dijo poniéndole otra delante.
Entonces Rosa comenzó a explicarle los motivos que le habían hecho traerla hasta aquí, sentía que se iba haciendo mayor y alguien tenía que conocer el secreto de sus magdalenas. Le contó cómo llegó hasta ella el ingrediente secreto a través de la piedra escrita con la que había tropezado un día en sus paseos por el bosque. Y ahora Elsa iba a conocer aquel misterio.
A la mañana siguiente madrugaron para abrir el Café de Piedra Escrita. Elsa regresó a su infancia de nuevo nada más entrar en él. Se dirigieron a la cocina y comenzaron a preparar todos los ingredientes:
- 225 gramos de harina
- 2 huevos grandes
- 180 gramos de azúcar
- 200 ml de aceite de girasol
- 65 ml de leche
- La ralladura de medio limón
- Una cucharada de miel
- Medio sobre de levadura
Elsa observaba como su tía echaba en un bol toda la harina, la levadura y una pizca de sal. Después de remover, batió en otro recipiente los huevos con el azúcar hasta obtener una mezcla homogénea. Poco a poco y sin dejar de batir le añadió la leche, el aceite de girasol y la miel. Después, la ralladura y la mezcla de harina y levadura muy despacio.
Dejaron la masa reposar una hora en la nevera mientras disponían todo para que estuviera preparado el café a la hora de abrir: las flores frescas en los jarrones, los servilleteros, las persianas levantadas inundando de luz el expositor donde colocaban panes, bollos y pasteles.
Con el horno precalentado a 220 grados, Rosa con la ayuda de Elsa repartió la masa en moldes, espolvoreó con azúcar cada madalena y las horneó durante quince minutos aproximadamente. Cuando estuvieron listas las observó con cariño y admiración.
- Ahora viene la parte más delicada- dijo volviéndose hacia la vitrina del fondo de la cocina y sacando una botellita con un líquido transparente.
La abrió y fue dejando caer una gota en cada magdalena mientras les asignaba una emoción a cada una y las colocaba en el expositor con su correspondiente cartel. Así creó las magdalenas de la alegría, las del valor, las de la ternura, las de la tolerancia y toda una gama de sentimientos maravillosos.
- Creo que todo es fácilmente entendible excepto esta última parte- dijo Elsa sonriendo a su tía- ¿qué es ese líquido que echas? ¿qué contiene?
- Todo a su tiempo, cariño, por hoy ya es suficiente
Rosa se dirigió a la puerta y abrió el café una jornada más. Enseguida llegó Carla a la que Elsa recordaba con cariño. Llevaba años ayudando a su tía y era una mujer maravillosa.
Comenzaron a llegar los clientes, la mayoría del pueblo, otros que hacían parada habitual hacia su lugar de trabajo, y Elsa ayudaba a servir los cafés y los bollos con tanto mimo como veía hacerlo a su tía y a Carla. En medio de todo el trasiego se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no se sentía tan segura, protegida y feliz.
Algunos pedían una magdalena especial porque se sentían tristes y entonces Rosa les servía una de alegría y se sentaba un rato con ellos a charlar asegurándose de que el bollo hacía su efecto.
Después de varios días, una tarde que Elsa se había quedado para cerrar entró un hombre atractivo de aspecto despreocupado. Se dirigió al mostrador esbozando una sonrisa y preguntando por Rosa. Elsa le explicó que no estaba y ambos se presentaron. Diego, que así se llamaba le contó que al día siguiente tenía una prueba para un nuevo trabajo y que quería una magdalena del valor.
Aunque Elsa se sorprendió de que un hombre así confiara en unas magdalenas para reforzar su autoestima se la sirvió con una taza de café y se sentó con él como hacía Rosa. Charlaron mientras pasaba el tiempo con esa extraña sensación que ocurre una vez en la vida cuando dos desconocidos se encuentran y sin embargo sienten una extraña familiaridad entre ellos.
Esa noche cuando volvió a casa le comentó a Rosa su decisión de quedarse unas semanas más.
Diego regresó al día siguiente y compartió con ella café, magdalena y la buena noticia de la prueba superada para su nuevo puesto. Sus conversaciones se convirtieron en una agradable rutina que se repetía casi a diario antes del cierre del café.
Una tarde después de comer, Rosa se acercó con el café y una magdalena:
- Toma, la he preparado para ti, es justo lo que necesitas. Lleva confianza.
- Gracias tía- contestó Elsa con tono apagado.
Al finalizar la jornada en el café, Elsa se quedó sola como de costumbre. Tenía ganas de que apareciera Diego aunque temía no ser una compañía muy amena aquella tarde. Cuando echaba el cierre oyó un coche que se detenía junto a la puerta. Se volvió.
-Hola- era Diego-. Veo que hoy me quedo sin magdalena
- Te has retrasado- le contestó sonriendo
Diego se acercó hasta colocarse frente a ella. Elsa anticipaba lo que iba a suceder y por un momento se sintió presa del pánico pero recordó la magdalena que le había dado su tía y se sintió segura.
- ¿Nos besamos? – le preguntó él acariciándole la cara
- Puede- contestó Elsa sin dejar de mirarle a los ojos
- Si llueve nos besamos
La rodeó con los brazos y la acompañó hasta el coche y entonces comenzó a chispear y los dos se echaron a reír.
Elsa se volvió hacia él y cuando se besaron sintió que algo mágico, especial y único se expandía desde su interior hasta desbordarse.
Llegó a casa y en un estado de agitación interrogó a su tía:
- Rosa, tienes que decírmelo, ahora sé que las magdalenas funcionan, ¿cuál es el ingrediente secreto? ¿Qué decía la piedra escrita?
- El ingrediente secreto es lo que has sentido hoy. Y lo que decía la piedra escrita es que todo se vuelve posible cuando se hace desde el AMOR.

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