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El cuchillo

de ISABEL MARÍA BARROSO
Nueva receta
19 Noviembre 2014

Un destello recorrió el filo del cuchillo que sostenía firmemente en su mano. Helado pero amable. Concienzudamente afilado.

Con cada corte milimétrico que hacía a la pieza de atún rojo que tenía delante, se colocaba un paso más cerca del éxito. Despacio, casi como si de un ritual se tratara, hacía la incisión en paralelo, siguiendo las vetas del pescado, para conseguir una lasca perfecta.

La larga hoja de gélido metal se deslizaba suavemente por la carne y comprendió, entonces, cuánta razón tenían los maestros al sentenciar que la clave siempre había sido y sería el cuchillo.

El cuchillo… Ese cuchillo y no otro… Ése que había viajado desde tan lejos, sobrevolando kilómetros de océano y tierra, a vista de pájaro.

Uno a uno colocaba los delicados cortes sobre un plato y los reservaba mientras disponía alrededor toda la parafernalia que había preparado un rato antes.

El arroz, lavado hasta la saciedad y previamente cocido durante 15 minutos en el microondas, tapado con plástico meticulosamente tensado sobre el bol, en una cantidad de agua ligeramente superior a la del propio cereal; yacía ahora sobre la bandeja donde enfriaba pausadamente.

Junto a ella, una colección de pequeños cuencos adornaba la mesa de trabajo, conteniendo distintas delicias y mezclas dignas de cualquier experto alquimista.

Era el momento de continuar aderezando el arroz, ya suficientemente templado, con la mezcla de vinagre de arroz y azúcar que albergaba el recipiente más cercano.

Dejó caer algunas gotas y removió, ayudándose de una cuchara, para garantizar que todo el líquido impregnara por igual los 400 gr de arroz extendidos sobre la bandeja.

Tras repetir un par de veces el proceso, quedó satisfecha con el resultado y dio por terminado el ritual preparatorio de uno de los dos ingredientes principales de esa receta que acabaría, de una vez y para siempre, con todos sus temores y preocupaciones.

Mientras cavilaba acerca de cómo sería su vida de ahora o, mejor dicho, de unas horas en adelante, extendió la esterilla de bambú que guardaba en el tercer cajón, el de los utensilios especiales, y la cubrió de plástico transparente, en el que vio su propio reflejo desdibujado, sintiendo un escalofrío que le recorrió la espalda, desde la base de la columna hasta la nuca, erizando su piel.

Sacó la lámina de alga oscura y áspera, casi con textura de papel, del paquete que había comprado unos días antes en esa curiosa tienda que una amiga le había recomendado y la dispuso sobre el plástico.

Cogiendo pequeños montoncitos de arroz con las manos, cubrió toda la superficie de la esterilla, presionando ligeramente para compactarlo. Y comenzó a poner encima el resto de ingredientes: el atún fileteado, un poco de pep…

¡Freno en seco! Y se percató de que había olvidado lo más importante… ¡¡El queso crema mezclado con algo de wasabi que debía untar sobre el arroz!!

Apartó durante un momento las porciones de pescado y vertió el queso sobre el cereal extendido, cubriéndolo completamente en una fina capa untuosa y sabrosa.

Ahora sí, volvió a colocar las porciones de atún cuidadosamente, dibujando una línea pegada al borde longitudinal de la esterilla. Después, un poco de pepino y de mango cortados en delicados bastones. Y, por último, algunas tiras muy finas de puerro.

Con todos los ingredientes en su lugar correspondiente, procedió a enrollar el alga, a la vez que iba despegando el plástico conforme el cilindro iba tomando forma.

Formado el rollo, sólo quedaba cortarlo en porciones iguales. Con el mismo cuchillo que ya había utilizado, y que era la única herramienta que se había propuesto emplear para preparar la cena. Casi como nota poética y romántica de lo que acontecería en unas horas. Dividió el rollo en 8 porciones exactas y prácticamente idénticas, cortando primero por la mitad y sacando dos mitades de cada una de las primeras y otras dos de cada una de las segundas; justo como había aprendido.

Después de colocar las porciones en la bandeja de pizarra y ésta en la mesa, entre las dos copas de vino vacías, a la espera de ser llenadas de ese líquido dorado dulzón que había elegido para la ocasión, se dirigió a la habitación y sacó del armario el mejor vestido negro que tenía, los zapatos con el tacón más alto y una chaqueta también negra, veteada con finos hilos plateados que centelleaban bajo la luz.

Justo cuando terminaba de abrochar el colgante que adornaba su cuello, y que él le había regalado cuando aún compartían confidencias y ternura, y no mentiras, sonó el timbre de la puerta. La abrió y contempló ese semblante tan conocido, querido y odiado, que esperaba al otro lado con una media sonrisa y ojos de curiosidad.

- Pasa- dijo.

Él cruzó el umbral y se sentó directamente en el sillón de piel, sin un beso o saludo de bienvenida, como era habitual.

Enseguida pidió algo de beber y ella le llenó la copa con la botella colocada estratégicamente en la mesa.
Antes de que tragara su primer sorbo, le ofreció la bandeja con las ocho piezas de sushi que sujetaba con la mano izquierda. Mientras que con la derecha devolvía la botella a su sitio y cogía algo prácticamente a la vez.

Se llevó una porción a la boca, cerrando los ojos durante un par de segundos mientras la saboreaba y dejaba escapar un murmullo placentero, indicativo del buen sabor de la receta.

Un par de segundos que a ella le parecieron eternos, pero que le proporcionaron el lapso de tiempo suficiente para levantar el cuchillo que tenía agazapado tras su espalda, en su mano derecha...

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1 comentarios
Mrepiso

Muuuy bueno.

19 Noviembre 2014