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El último deseo de un anciano impulsivo: Judías Pintas

de Gabriel Gallego
Nueva receta
20 Julio 2014

Las llamas empezaban a consumir los últimos troncos de la chimenea y el aire empezaba a imperar a través de las paredes de la vieja cabaña. Francisco recordaba las palabras de su ya difunta esposa:

- Reinosa es un lugar demasiado frío para vivir, deberíamos mudarnos de aquí ahora que aún somos jóvenes.

Aunque ya hicieran más de 20 años de aquello, éste era un pensamiento recurrente en la mente de Paco que le atormentaba día y noche. Nunca le gustó la multitud y en sus mejores años se prometió a sí mismo que nunca abandonaría el lugar donde nació.

Corría el frío mes de Diciembre y causa de las circunstancias en las que él mismo se vio inmerso, Paco nunca había podido dedicar sus ratos de ya jubilado a plantar un huerto en el cual podrían haber florecido bajo la luz del sol tomates, rábanos, zanahorias, judías verdes etc… Todo esto le dolía, pero lo más molesto era no poder comer aquellas judías pintas, las favoritas de su paladar, las que le esperaban en casa cuando volvía de trabajar del campo. Nunca pudo plantarlas y nunca había necesitado hacerlas por ser su mujer su más fiel brazo derecho y una experta con demasiados años de experiencia culinaria

Dicho esto, se secó las lágrimas y con determinación, olvidó sus lamentos y trató de prepararlas el mismo aún corriendo el riesgo de incendiar su cabaña, pero para ello necesitaba los ingredientes correspondientes. El problema de ésto, residía en que la luna ya se alzaba firme sobre el horizonte y los supermercados a esa hora quedaban descartados para solucionar su voracidad. Él no podía esperar, y con su mochila, su boina y su garrota emprendió el camino hacia casa de su vecino, el cual ya debía dormir. Deberían hacer 2 grados bajo cero, pero la voluntad de nuestro protagonista era infranqueable. Finalmente, llamó a la puerta, nadie respondía, pero su insistencia acabó echando la puerta abajo. Eso no fue problema por su parte, para entrar en la casa. Una vez dentro, observó que su vecino no dormía allí y aprovechó para observar si allí había lo que él buscaba.

Cómo esperaba, no faltaba de nada, lo metió en su mochila y salió raudo de la casa, dejando la puerta derribada, pero no dominado por el remordimiento, parecía tranquilo con sus actos, ya que una sonrisa se blandía en su cara. Una vez en su cabaña, cogió la vieja olla, ya oxidada por el uso. A su lado reunió los ingredientes necesarios: judías pintas, un trozo de jamón, aceite oliva, chorizo, dientes de ajo, cebolla, pimentón, laurel y por supuesto el arroz, para que tuvieran ese sabor tan especial que él recordaba. Para empezar, dejó correr el agua del grifo y lo introdujo en la olla, al igual que las judías, el ajo, la cebolla y la zanahoria.

Adormecido, se dirigió a la cama con unas sonrisa nuevamente en su desdentada dentadura. Podría haber dormido plácidamente, sino hubiera sido, porque la emoción no le permitía dormir, y aunque llevaba menos de 3 horas durmiendo ya había empezado a trabajar en su proyecto. El anciano, puso a cocer todos los ingredientes que tenía en la olla, incluido el laurel y la auténtica sustancia: el jamón y el chorizo.

Francisco, se sentó a esperar que sus judías hirvieran. No obstante, el aroma debió llamar a su vecino el cual llamó terriblemente a la puerta, y cuando Paco quiso abrirle, le apartó de un empujón y horrorizado observó sus ingredientes sobre los fogones. Debido al empujón, Francisco yacía en el suelo y su vecino, mucho más joven que él le apuntaba con su puño, para darle su merecido por invadir en su hogar . Dispuesto a pegarle, una imagen pasó por su atribulada y ofuscada mente, una imagen de cuando era niño y su madre le servía judías en su cuenco favorito. La melancolía, le impidió pegarle y se vió obligado a frenar su acción. En cambio y por sorpresa le ayudó a levantar del suelo y se ofreció para ayudarle a terminar su plato. Cuando la olla empezó a hervir, juntos cerraron la olla y decidieron esperar aproximadamente media hora para que lentamente se hicieran, sin prisa pero sin pausa.

Ambos vecinos jugaban al póker, en la mesa de la cocina esperando a que estuvieran listas. Pasado el tiempo, levantaron la tapa de la olla y observaron que parecían bien cocidas. Dicho esto, dejaron la olla a un lado y el vecino cogió una sartén, vertió sobre ella el aceite de oliva y la puso en el fuego a nivel medio, añadiendo la harina y el pimentón. Dejándolo freír lentamente alrededor de 30 segundos, añadieron a la sartén un par de cucharadas del jugo de cocción de las alubias, juntos lo removieron y lo echaron nuevamente a la cazuela. Sólo quedaba el arroz y esperar. De éste modo, Francisco levantó el pesado saco de arroz de su vecino y con sus arrugadas manos lo dejó espolvorear sobre las judías añadiendo a continuación nuevamente sal y pimienta.

Mientras el arroz se cocía, decidieron continuar con su juego de cartas, en el cual estaban apostando demasiado dinero y el vecino estaba perdiendo y comenzaba a enfadarse. La vena de su frente se hinchaba, pero Francisco miró el reloj y vio que habían pasado veinte minutos más, quedando ya las judías listas. Dicho esto, cogió dos cuencos y se sirvió tanto a él cómo a su vecino. Cuando la cuchara con las judías rozó sus labios, su vecino pudo experimentar un cúmulo de sensaciones, olvidando todo el dinero perdido y recordando todo lo maravilloso del universo: las estrellas en una noche oscura, el amanecer, el primer beso e incluso la amistad que le había unido a Francisco al crear las judías. Era un momento realmente místico y mágico. Ambos comieron, y las disfrutaron cómo niños hasta que no quedaba casi nada en la olla y juntos lavaron las ollas y las sartenes necesarias.

Francisco, arrepentido decidió devolver los ingredientes sobrantes a quien pertenecían y ayudarle la mañana siguiente a colocar la puerta en su casa. Quedando todo aclarado, el vecino decidió acompañar a Francisco en su casa, al no tener puerta entraba demasiado frío en la suya. A la mañana siguiente, el vecino pudo observar que el cuerpo de Francisco no tenía vida, pero que en sus manos se encontraba se encontraba el tupper donde habían guardado las judías restantes: vacío y rebañado. Había muerto, sí, pero había muerto feliz con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro, su último deseo se había hecho realidad. Nunca es tarde, para cumplir cualquiera de tus deseos, por muy tarde que parezca, pero siempre se debe ser honrado sin robar los ingredientes ajenos. FIN

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