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ALBÓNDIGAS DE HIERRO

de Gabriel Gallego
Nueva receta
8 Agosto 2014

La arena ardía bajo los pies de la concurrencia, pero no sobre los míos. Yo por mi parte yacía recostado en mi toalla observando los pies del gentío ardiendo. Sus pies podían arder de calor, pero su mirada ardía de ilusión y sueños. Esa alegría se debe al torneo de petanca anual que está ocurriendo en la playa de Niza. Qué bonitos recuerdos me trae aquello, pronto os explicaré porqué, para que podáis alegraros tanto cómo yo y predicar con mi ejemplo. Esperad queridos lectores a que firme un par de autógrafos más y os cuente la historia de mi participación en dicha competición el pasado año.

Corría el 15 de Agosto de 2013 y debían ser las 10 de la mañana cuando el despertador de mi mesilla tuvo que tintinear, pero no fue así. Finalmente, ya despierto por mis propios méritos, observé el reloj de mi izquierda y comprobé para mi asombro que eran las 11:30. Lo primero que pensé, es que tenía que comprarme uno nuevo, ése aparato ya me ha traicionado muchas veces. La ineficacia del despertador, unido a alguna que otra copa de más la pasada noche conspiraban contra mí en un momento de necesidad. El torneo de petanca era a la 1 y la costa estaba lejos, mucho más lejos de lo que a mí me hubiera gustado. Ya había pagado la inscripción y ya no había vuelta atrás, debía ir cómo sea. Me vestí y busqué las llaves del coche, pero no estaban colgadas en el llavero de la puerta de mi hogar, podrían aparecer tiradas por los sofás o dentro de la nevera. Debido a las prisas y el hecho de que los minutos pasaban más rápido que en el parque de atracciones, decidí coger la bicicleta y con mis chanclas puse rumbo a la playa. Fue duro dirigir la bicicleta con chanclas, pero eran las que tenía más cerca del lecho y recién levantado no tengo la cabeza para pensar. Lo importante es que a las 12:30 estaba allí, con tiempo suficiente para calentar las manos y las muñecas. Incluso con tiempo para aburrirme de esperar a que empezara la acción.El calor era sofocante y no corría el aire, pero eso no me impediría poder alzarme con la victoria.

Una vez que la bicicleta estaba aparcada, metí la mano en mi bolsillo derecho buscando la bola y el boliche para participar. Para mi sorpresa y miedo, no encontré nada, solamente el más absoluto y desgarrador vacío. El bolsillo izquierdo, no cambió mis expectativas y la cesta del velocípedo estaba más vacía que una botella de refresco en una tarde de verano, a excepción de un par de sándwich para poder comer más tarde. Me daban ganas de llorar, pero no tenía más salida que reconocer que este año les había regalado mi dinero a los patrocinadores. Ya que estaba en la playa, decidí dar un paseo para despejarme o para reflexionar sobre mi estupidez. Especialmente para lo último.

Al fondo de la playa había unos apartamentos muy sencillos, construidos en madera para turistas. En todos ellos la cocina comunicaba con la ventana y en uno en particular, una anciana comenzaba a reunir ingredientes, no sabía para qué, pero se la veía concentrada y entusiasmada. Su alegría me invadió y aunque no debía husmear, el hecho de saber más me mantenía pegado a la ventana cómo una mosca a la miel. Ésta acción puede parecer de espía, violador o asesino, así que mejor que no me descubriera. Para redimirme de lo que pudiera pasar, decidir mirar con el rabillo del ojo desde uno de los extremos de la cristalera.

En la mesa tenía los siguientes ingredientes: 4 sepias, 1 cebolla, 1 huevo, dientes de ajo, 1 copa de vino tinto, otra con la tinta de las sepias, y por último otra con aceite, de oliva parecía. En la zona de al lado de la ventana, gracias a Dios sin verme, cogió las especias: perejil y pimienta y el frasco con la sal. Los ingredientes que complementaban la escena eran un puñado de gambas y pastillas de caldo. Cuando tenía todo acumulado, la señora empezó a trabajar.

En primer lugar, cogió las sepias y las limipió, apartando la cabeza y las patas, las que volvió a guardar en el congelador para posteriores usos. Simultáneamente cogió el puñado de gambas y se limitó a coger las colas de las mismas, el resto fue a parar al mismo cajón que el resto de las sepias. Debía ser demasiado roñosa para no usar las gambas. Pasó las colas de las gambas con el fuego bien fuerte encendido, seguramente para que quedaran crudas por dentro. Posteriormente picó la sepia, las colas de las gambas, el ajo y el perejil. Una vez bien troceadas y picadas mezcló el ajo, el perejil y los cuerpos de la sepia con el huevo para dar forma a unas albóndigas bastante esféricas y consistentes. Me estaba distrayendo bastante la mujer con sus albóndigas, pero me seguía molestando el hecho de no poder participar en el concurso, más ahora que quedaban 10 minutos para que empezara.

Me fijé en el fondo de la cocina, al fondo de la encimera y allí pude ver, que posiblemente el nieto de de la anciana se estaba encargando de la salsa para las albóndigas de sepia. El chico confitó la cebolla picada en un cazo con un poco de aceite. Por otro lado, el nieto diluyó las pastillas de caldo de pollo en un poco de aceite caliente. Una vez hecho esto, añadió la cebolla y la tinta de la sepia diluida en un poco de vino, para dejarlo posteriormente cocer 5 minutos.

Eran las 12:55 cuando los aspirantes al torneo de petanca estaban ya en sus marcas, y yo decidí acercarme a observar el espectáculo cómo un visitante cualquiera. Lo peor de esto, y el error más grande que cometí fue dejarme ver en el cristal al irme, lo que provocó que las albóndigas de tamaño desigual sobre las que se había vertido ya la tinta fueron lanzadas sobre mí a través de la ventana abierta. Una persona normal, habría seguido andando hacia la zona de playa donde se realizaba el torneo, pero una divertida y perturbada idea se pasó por mi cabeza. ¿Y si usaba las albóndigas cómo la bola y el boliche de la petanca? Y eso fue lo que hice, cogí algunas grandes y otras pequeñas y me dirigí a la zona donde esperaban el resto de compañeros. Nunca pensé que funcionara y que los jueces creyeran que eran las bolas reglamentarias, pero me limité a probar suerte.

Cuando llegó el momento de tirar, así lo hice, primero con la albóndiga pequeña y luego con la grande para aproximarme. Fue un buen disparo y una buena aproximación. Sólo debía asegurarme de que las caídas de las bolas fueran secas y no rodarán por la arena, ya que se desprendería la salsa y se descubriría la verdad.

Pasaron y pasaron las rondas e iba ganando puntos llegando a estar entre los cinco mejores participantes. Algunos de los compañeros de juego, al ver la diferencia tan abismal ya existente con ellos decidieron ir retirándose. Ya llevábamos quince rondas, cuando sólo existía la posibilidad de que ganáramos yo u otro jugador, muchos años mayor que yo y con muchísimos años de experiencia, lo cual era visible en sus estrategias y sus disparos.

La diferencia entre ambos, era prácticamente inexistente ya que él acumulaba once puntos y en mi caso eran doce. Teniendo en cuenta las reglas oficiales de la petanca, quién llega a trece puntos antes es el ganador. Se trataba del turno del veterano. El jugador realizó un tiro para desviar mis bolas. Nadie había utilizado alguno así contra mí. Desgraciadamente ocurrió lo que me temía, mi bola fue golpeada y la salsa derramada sobre la arena. Esto llamó la atención de los jueces, quienes para descubrir el porqué de que mis bolas destiñeran las cogieron y se pringaron la mano de la salsa de la sepia. Cómo era de esperar, esto provocó mi expulsión inmediata y la victoria de mi rival. No gané y se me prohíbe jugar en la playa de Niza.

Aunque fuera expulsado, fue lo mejor que me podía pasar. Mi historia se ha hecho famosa, y todo el mundo me conoce en la ciudad, me piden autógrafos y fotos por conseguir lo que nadie ha conseguido antes: llegar a una final de petanca usando albóndigas. Gracias a mi hazaña, éste plato ha cogido cabida y lugar en la mayor parte de los restaurantes de la ciudad, siendo de los más populares. El resto de las playas cercanas no me prohíben participar, sino que admiran mis visitas, por lo que sigo realizando inmersiones en el deporte de la petanca .Por supuesto y de buena gana, preparé una fuente de albóndigas de sepia cubiertas de tinta para la abuela y su nieto, los cuales me invitaron a comerlas con su familia en su salón. FIN

Si quieres que gane este relato, ¡vótalo!
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