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“FLAJITAS” DE POLLO Y GUACAMOLE

de marta guzman
Nueva receta
1 Agosto 2014

Amaya adoraba aquella hora del día y aquel lugar de la casa. En ese momento, como en ningún otro, se sentía dueña de su tiempo y de su espacio, como si realmente le pertenecieran, mientras que el resto de horas se le hubieran escapado tras ellos.

Abría la ventana, invitaba a la luz a entrar y a salir la mente, ambas querían volar. Abría también su cerveza favorita -de botella, que si no, no es igual- dispuesta a empezar. Sobre la tabla colocaba pimiento verde y rojo, filete de pollo en tiras, y rodajas de cebolla y tomate, en menor cantidad. Parecía una fiesta a la que acudían vestidas las verduras y desnuda la sal. Sartén con aceite en marcha, que empezaban, por turnos y parejas, a bailar. Qué agradecida la cocina, pensaba, remueves un poco y una fiesta en un pis pas.

Cuando pelaba cebolla, no podía ni quería evitar llorar. Era un poco mágico, como si el tiempo volviera atrás. Con las lágrimas, venía ella. Con ella, la casa siempre llena, aún con la despensa vacía. Las manos de las madres huelen a cocinar, le decía Amaya de niña. Cuánto la entendía ahora. Cuánto la quiso siempre. Por un instante no había distancia, estaba allí, el olor de su mamá.

En fin, festín de nuevo, puso la radio, sonaba una especie de salsa que bailaba y otra sin especias preparó. Meneaba la cadera a la par que un par de aguacates blanditos, un pelín de cebolla, azúcar, sal y limón. Todo a ojo, a intuición. A pesar de haber fracasado hasta el fondo, Amaya seguía pensando que en la vida sobran las medidas cuando hay buena intención. Tras otro intenso trago frío, calentó una fajita. La cogió con cuidado, se permitió cuidarse, y como un regalo, la envolvió ¡voilá! Entonces puso la mesa y se puso muy triste. Otra vez sola, otra noche en la que ellos no estarán. No quería ver más tele, le apetecía más hablar. Si se atreviera, invitaría a alguien, ¿a quién?, qué iban a pensar..

Apareció la luna tímida, reflejo de Amaya, le faltaba mucho, le sobraba pan. Se sentó y sirvió a su gata, que empezaba a maullar. De pronto, le oyó en el patio. Habían vuelto. Olía a su plato. Mientras él se duchaba, sintió gritar: “¡quiero flajitas, papá!”. Lo mejor para el niño, pero a lo mejor no era tan buena idea que estuvieran tan cerca, sin querer estar. Aún así, le encantó oírle, quiso darle de cenar. Fue sigilosa al tendedero, con decisión pinzó una enorme servilleta: “Jaime, shhh, ahí va..”. Por ese instante no había distancia, estaba allí, el olor de su mamá.

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